«La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo».
Mary Shelley, Frankenstein
Como bien saben los amables lectores, en el universo cinematográfico de Guillermo del Toro, los monstruos nunca son simples criaturas que provocan miedo: son espejos, refugios y advertencias. En su versión de Frankenstein, el director mexicano —uno de los narradores contemporáneos más sensibles y lúcidos— regresa a la raíz del mito moderno concebido por Mary Shelley, pero lo hace con la ternura de quien entiende que lo monstruoso, en realidad, es sólo otro rostro de la humanidad.
Su Frankenstein es una obra que conjuga lo épico con lo íntimo, lo gótico con lo profundamente humano. Del Toro no adapta la novela: la reinterpreta desde su propio credo estético, ese que ha defendido desde sus inicios como artesano del cine fantástico y como humanista que busca belleza incluso en la descomposición. En esta película, el horror no proviene del laboratorio ni de la carne reanimada, sino del abandono, la incomprensión y la violencia del mundo.
El relato conserva la estructura original de Shelley, enmarcado entre recuerdos y paisajes árticos, pero se siente nuevo, revitalizado. Oscar Isaac, como Víctor Frankenstein, encarna el sueño febril del poder absoluto: el deseo de vencer la muerte, aunque ello implique traicionar la vida misma. En sus gestos, el genio y la locura son inseparables, y su ambición resuena con la arrogancia de una época que aún confunde el progreso con el dominio. Frente a él, Jacob Elordi interpreta a la criatura como una presencia que duele y conmueve: un ser nacido sin culpa y condenado sin motivo. Su vulnerabilidad lo eleva por encima de su creador, es la voz inocente en un mundo que ha perdido el lenguaje de la compasión.
Del Toro ha dicho que sus monstruos son los santos patronos de quienes se sienten diferentes,[i] y aquí, esa frase alcanza su plenitud. La criatura de Shelley, en manos del director tapatío, se convierte en una figura profundamente contemporánea: el desplazado, el marginado, el ser que anhela ser visto y amado. Su tragedia no se limita al siglo XIX: se refleja en las heridas abiertas de nuestro tiempo —en los cuerpos ausentes, en las voces silenciadas, en la infancia extraviada de un México que parece debatirse entre la fe y la desesperanza—.
En lo visual, Frankenstein es un poema oscuro. El diseño de producción de Tamara Deverell y el vestuario de Kate Hawley evocan un entorno gótico que se siente vivo, respirante, con texturas que rozan la piel. La criatura, concebida por Mike Hill, no busca la deformidad sino la melancolía: su rostro, mitad humano mitad herida, revela el costo del rechazo. Todo está construido con la precisión de un artesano que trabaja con la materia del alma. Y sobre ese lienzo, la música de Alexandre Desplat traza una melodía que es lamento y esperanza a la vez, un eco de vida entre las ruinas.
Pero el verdadero corazón de la película late en su pregunta esencial: ¿qué significa ser humano en una época de inhumanidad? Shelley la formuló hace más de dos siglos, del Toro la reactiva en un mundo donde la tecnología y la violencia se confunden con la creación y el poder. Su Frankenstein no sólo revive a un monstruo: nos enfrenta con nuestra propia sombra colectiva, con esa parte de nosotros que desea amar, pero teme hacerlo.
Como cineasta mexicano que ha conquistado el mundo sin abandonar su identidad, del Toro filma desde el desarraigo y la nostalgia, pero también desde la fe en la imaginación. Su obra nos recuerda que el arte puede ser refugio ante la barbarie, que contar historias es una forma de resistir. Y en este Frankenstein, el mito prometeico[ii] se vuelve plegaria: la de un hombre que quiso crear vida y encontró, en su lugar, la evidencia de su propia soledad.
En tiempos donde la crueldad parece norma y la empatía, excepción, del Toro nos ofrece una película que es, a la vez, advertencia y consuelo. Una elegía que, entre sombras, aún cree en la posibilidad de la luz.
- Frankenstein, de Guillermo del Toro, está disponible en Netflix desde el 7 de noviembre.
[i] https://www.youtube.com/watch?v=sG-f8ewYtRk
[ii] El mito prometeico narra cómo el titán Prometeo robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, un acto de rebeldía que simboliza el progreso, la técnica y la civilización humana. Como castigo, Zeus lo encadenó a una roca en el Cáucaso, donde un águila devoraba su hígado diariamente, aunque se regeneraba cada noche: https://portalmitologia.com/el-mito-de-prometeo-el-titan-que-consiguio-robar-el-fuego-los-dioses
Carlos Hinojosa*
*Escritor y docente zacatecano
