Como bien saben los amables lectores, por momentos, observar las noticias internacionales se parece menos a seguir la actualidad política que a contemplar una patología colectiva. Las imágenes se suceden con una velocidad vertiginosa: ciudades reducidas a escombros, niños atrapados entre guerras interminables, migrantes convertidos en moneda de cambio electoral, sistemas de corrupción que atraviesan gobiernos enteros, multimillonarios que acumulan fortunas superiores al PIB de numerosos países y dirigentes que parecen incapaces de experimentar algo parecido al remordimiento.
La pregunta surge casi de forma espontánea, ¿qué clase de personas gobiernan el mundo? Y, más inquietante aún: ¿qué clase de mundo premia a esas personas con poder?
Durante décadas, la palabra «psicópata» abandonó los manuales de psiquiatría para instalarse en el lenguaje político cotidiano. Hoy se aplica a presidentes, generales, oligarcas, magnates tecnológicos, criminales de guerra y líderes populistas de toda clase. Se ha convertido en una etiqueta para describir una percepción cada vez más extendida: la sensación de que la empatía ha desaparecido de las esferas de decisión.
Sin embargo, tal vez el verdadero problema no sea la existencia de individuos particularmente crueles. Tal vez el meollo del asunto sea que hemos construido una civilización que recompensa la crueldad.
El ascenso de la racionalidad sin conciencia
La modernidad prometió algo extraordinario: la razón sustituiría a la barbarie, la ciencia derrotaría a la superstición, las instituciones democráticas limitarían los abusos del poder, los mercados generarían prosperidad, la tecnología liberaría a la humanidad… Dos siglos después, la realidad parece mucho más ambigua.
Nunca hemos sido tan sofisticados. Y nunca hemos poseído una capacidad tan eficiente para administrar el sufrimiento humano: las guerras contemporáneas ya no necesitan ejércitos masivos para devastar ciudades enteras. Los sistemas financieros pueden empobrecer a millones de personas mediante decisiones tomadas en oficinas situadas a miles de kilómetros de distancia. Los algoritmos son capaces de manipular emociones colectivas a escala planetaria. Y las redes sociales han transformado la indignación, la polarización y el conflicto permanente en modelos de negocio extraordinariamente rentables.
La paradoja del siglo XXI es que la humanidad ha alcanzado niveles sin precedentes de conocimiento mientras experimenta una crisis igualmente inédita de sabiduría: sabemos más, pero parecemos comprender menos.[i]
La geopolítica del cinismo
La Guerra Fría terminó hace más de tres décadas. Sin embargo, la promesa de un orden internacional más estable nunca llegó a materializarse, en su lugar emergió una realidad mucho más fragmentada.[ii] Estados Unidos sigue siendo una potencia central, pero ya no ejerce la autoridad incuestionable que tuvo tras la caída de la Unión Soviética: China proyecta una influencia económica global sin precedentes, Rusia desafía abiertamente el equilibrio surgido después de 1991, Oriente Medio continúa atrapado en conflictos cíclicos y Europa enfrenta tensiones internas que hace apenas veinte años parecían impensables.[iii]
Mientras tanto, amplias regiones de América Latina, África y Asia permanecen atrapadas entre la corrupción estructural, la violencia organizada y la dependencia económica.[iv]
Y lo que une a estos escenarios no es una ideología común, es algo más profundo, una creciente normalización del cinismo: los principios se invocan cuando resultan útiles, los derechos humanos se defienden selectivamente, la legalidad internacional se interpreta según conveniencias estratégicas, la indignación moral suele depender de quién comete la atrocidad.
No vivimos una crisis de valores: padecemos una crisis de coherencia.
El laboratorio israelí y el retorno de la razón de Estado
Pocas situaciones ilustran mejor esta tensión que la tragedia de Gaza: para unos, Israel libra una batalla existencial contra organizaciones que amenazan su supervivencia; para la mayoría, la respuesta militar ha cruzado límites éticos que la comunidad internacional no puede ignorar.[v]
Más allá de las posiciones políticas, el fenómeno revela una tendencia más amplia: la progresiva subordinación de las consideraciones humanitarias a los cálculos estratégicos. Y la historia moderna muestra que siempre se han justificado los excesos en nombre de causas superiores: la seguridad, la revolución, el Estado, la civilización, la democracia…
La diferencia es que ahora observamos esos procesos en tiempo real y ya no es posible alegar desconocimiento: las imágenes circulan instantáneamente, las víctimas tienen rostro, las consecuencias son visibles, y aun así, la maquinaria continúa funcionando.
Ese contraste constituye uno de los rasgos más perturbadores de nuestra época: no se trata de ignorancia, es indiferencia.
México y la erosión silenciosa del Estado
En América Latina, el fenómeno adquiere características particulares, y México ofrece un ejemplo especialmente complejo, donde décadas de violencia vinculada al crimen organizado han generado una percepción social profundamente corrosiva: la sensación de que las fronteras entre legalidad e ilegalidad se han vuelto cada vez más difusas.[vi]
No porque todos los funcionarios sean corruptos, no porque todas las instituciones estén capturadas, sino porque la persistencia de la impunidad termina erosionando la confianza pública.
Toda democracia depende de una «ficción» compartida: la creencia de que las reglas importan, y cuando esa creencia comienza a desaparecer, el daño institucional resulta inmenso. Y reconstruir la democracia puede requerir generaciones enteras.
Los nuevos emperadores
Existe además una transformación histórica que apenas comenzamos a comprender: por primera vez, algunos de los actores más poderosos del planeta no son Estados, son corporaciones, plataformas digitales, fondos de inversión, empresas tecnológicas, redes de datos. Sus dirigentes no son elegidos por los ciudadanos, no responden ante parlamentos, no están sujetos a mecanismos tradicionales de rendición de cuentas.
Y, sin embargo, influyen diariamente sobre la información que consumimos, las decisiones que tomamos, junto con la forma en que interpretamos la realidad.
El poder ya no reside únicamente en los gobiernos: se desplaza hacia arquitecturas invisibles que operan detrás de pantallas, servidores y algoritmos. La política del siglo XXI ya no consiste únicamente en controlar territorios, en controlar percepciones.[vii]
¿Una era de psicópatas?
Quizá la expresión sea exagerada, quizá incluso sea incorrecta: la mayoría de los dirigentes contemporáneos probablemente no encajarían en una definición clínica de psicopatía.
Pero la persistencia de la metáfora revela algo importante: las sociedades perciben una creciente desconexión entre quienes ejercen el poder y quienes sufren sus consecuencias. Lo que llamamos «psicopatía» suele ser, en realidad, el nombre que damos a una experiencia política concreta: la sensación de que nadie escucha, nadie responde y nadie parece afectado por el daño que produce.
Tal vez no vivimos en el Imperio de los Psicópatas, sino en algo más sofisticado y peligroso: un sistema global donde la eficiencia vale más que la compasión, donde la rentabilidad pesa más que la dignidad y donde la gestión técnica del poder ha terminado desplazando a la responsabilidad moral.[viii]
El espejo de nuestra época
Toda civilización termina revelándose a través de aquello que tolera, y la nuestra parece tolerar muchas cosas: la vigilancia permanente, la desigualdad extrema, la manipulación informativa, la corrupción crónica, la guerra televisada, la indiferencia ante el sufrimiento distante.
Por eso, quizás la pregunta decisiva no sea quién gobierna el mundo, sino qué tipo de cultura política hemos construido para que determinadas conductas resulten no sólo aceptables, sino exitosas. Porque los imperios rara vez caen por culpa exclusiva de sus gobernantes: con frecuencia colapsan cuando la sociedad deja de distinguir entre la fuerza y la brutalidad, entre el liderazgo y la dominación, entre la razón y la conciencia.
Y ese puede ser, precisamente, el verdadero desafío de nuestro tiempo.
[i] https://tropicozacatecas.com/2026/05/24/vivimos-en-la-edad-dorada-de-la-estupidez-axis-mundi/
[ii] https://tropicozacatecas.com/2018/10/07/axis-mundi-guerra-sin-fin/
[iii] https://www.eleconomista.com.mx/opinion/eu-poderes-emergentes-20260524-815145.html
[iv] https://www.infobae.com/america/opinion/2026/06/06/corrupcion-y-delincuencia-la-prevalencia-de-la-impunidad/
[v] https://nuso.org/articulo/313-guerra-gaza-catastrofe-moral-israel/
[vi] https://tropicozacatecas.com/2026/02/08/mexico-rumbo-al-narcoestado-poder-politico-captura-institucional-y-el-riesgo-de-una-ruptura-con-estados-unidos-axis-mundi/
[vii] https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/iglesia-catolica-vaticano-colonizacion-deseo-tecnologicas-hegemonia-religion/20260605092539250991.html
[viii] Grandes pensadores contemporáneos han identificado cómo la frialdad de los sistemas modernos supera con creces a la maldad individual. He aquí un desglose de por qué ocurre este fenómeno y cómo se manifiesta:
-Racionalidad instrumental: El sociólogo Max Weber ya advertía sobre cómo la búsqueda de la eficiencia técnica termina desplazando a los valores éticos, convirtiendo a las personas y a la naturaleza en simples recursos.
-Banalidad del mal: En la misma línea, la filósofa Hannah Arendt argumentaba que las mayores tragedias modernas no nacen de una crueldad caricaturesca, sino de la obediencia ciega a los procesos y de burócratas que se desentienden del impacto moral de sus actos.
-La dictadura del algoritmo: Hoy en día, la gestión técnica del poder se ha matematizado. Las decisiones que afectan a millones de personas (como el acceso a créditos, salud o empleo) suelen tomarse mediante la optimización de métricas, ignorando el sufrimiento humano individual.
Esta «sofisticación» es más peligrosa que la tiranía abierta porque es difusa: nos hace a todos un poco cómplices del sistema al priorizar nuestro propio consumo, comodidad o rentabilidad, invisibilizando a quienes quedan marginados por esa misma eficiencia.
Carlos Hinojosa*
*Escritor y docente zacatecano
