La romantización del criminal en México y América Latina: mito, poder y precariedad – Axis Mundi


«Hablar del Mencho y lo que implica y cómo la gente es capaz de deificar a personas o capos de este tipo no es un asunto menor. Hay toda una narrativa y una cultura que convierte al criminal en figura mítica, en rebelde antisistema, en benefactor de barrio. La romantización del mal es una vieja costumbre humana: nos fascina quien rompe las reglas, aunque las reglas existan para que no nos maten».

Juan Gerardo Aguilar[i]

 

Como bien saben los amables lectores, en México y en diversos países de América Latina se ha consolidado un fenómeno cultural inquietante: la construcción del criminal como figura mítica. El narcotraficante, el jefe de cartel, el sicario o el contrabandista dejan de ser únicamente actores delictivos para convertirse en símbolos de poder, rebeldía y éxito.[ii] En corridos, series de televisión, películas y redes sociales, estos personajes son retratados como estrategas brillantes, bienhechores del pueblo o transgresores que desafían a un Estado corrupto. La violencia queda relegada a un telón de fondo: el lujo, la lealtad y la audacia ocupan el centro del escenario.

Por supuesto que este proceso no surge en el vacío, es producto de condiciones históricas, económicas y culturales profundas.

 

  1. El mito del rebelde antisistema

En sociedades donde el Estado es percibido como distante, corrupto o incapaz de garantizar justicia y bienestar, el criminal puede ser reinterpretado como una figura contestataria. En comunidades marginadas, donde la movilidad social parece imposible por vías legales, el narcotraficante encarna la ruptura del orden establecido. No se le ve sólo como un delincuente, sino como alguien que «le ganó al sistema».

Esta narrativa bebe de una tradición más antigua: la del bandido social, figura estudiada por el historiador británico Eric Hobsbawm, donde el forajido es visto como vengador de agravios colectivos.[iii] En el imaginario popular latinoamericano, este arquetipo encuentra terreno fértil cuando se mezcla con desigualdad estructural y desconfianza institucional, como bien lo documentó el investigador argentino Hugo Chumbita,[iv] en su paradigmática obra, Jinetes rebeldes (2000).[v]

Sin embargo, esta romantización omite una verdad esencial: las organizaciones criminales no buscan justicia social, buscan poder y rentabilidad. Su violencia no es emancipadora, sino instrumental.

 

  1. Cultura mediática y construcción del glamour

No cabe duda de que la industria cultural ha desempeñado un papel decisivo en este proceso: los narcocorridos y corridos tumbados[vi] narran hazañas, lujos, traiciones y ascensos vertiginosos. Las series televisivas convierten a los capos en protagonistas carismáticos, complejos, casi trágicos. El guion suele enfatizar su inteligencia estratégica, su amor por la familia y su capacidad de liderazgo, mientras que las víctimas aparecen difuminadas o anónimas.

El resultado es una narrativa estética del poder: camionetas blindadas, relojes de lujo, armas doradas, mansiones, fiestas, viajes internacionales. El crimen se convierte en una marca aspiracional.

Para millones de niños, adolescentes y jóvenes que crecen en contextos de precariedad —violencia doméstica, abandono escolar, falta de empleo digno— esa imagen representa una salida inmediata a la humillación cotidiana. No es solo dinero: es respeto, pertenencia y estatus.[vii]

 

III. Precariedad estructural y deseo de reconocimiento

En sociedades altamente desiguales, como la mexicana, la movilidad social legal es lenta y muchas veces frustrante. Cuando el horizonte legítimo parece inalcanzable, el atajo ilegal adquiere atractivo, sobre todo cuando el crimen organizado ofrece:

  • Ingreso rápido.
  • Identidad colectiva.
  • Sentido de propósito.
  • Protección en entornos violentos.

Para un adolescente que ha vivido exclusión sistemática, el cártel puede funcionar como una institución sustituta: provee reglas, jerarquía y reconocimiento. La lógica meritocrática perversa del crimen —ascender mediante lealtad y eficacia violenta— se percibe como más clara que la opacidad del mercado laboral formal, tanto público como privado.

Aquí radica uno de los núcleos del problema: la romantización no es solo cultural, es estructural. La fascinación por quien «rompe las reglas» se alimenta del fracaso de éstas para ofrecer bienestar.

 

  1. La normalización de la violencia

Cuando el criminal se vuelve héroe narrativo, la violencia se banaliza: el asesinato se convierte en «ajuste de cuentas», la extorsión es «cobro de piso», las masacres desaparecen detrás del espectáculo mediático.

Esta narrativa tiene efectos concretos:

  • Reduce la empatía hacia las víctimas.
  • Desdibuja la gravedad moral del delito.
  • Facilita la incorporación simbólica de niños y adolescentes al imaginario criminal.
  • Genera tolerancia social hacia prácticas autoritarias o violentas.

Bien sabemos que el fenómeno no es exclusivo de México: en Colombia, Brasil, El Salvador o incluso en ciertas zonas de Estados Unidos, el gánster ha sido mitificado. Pero en contextos donde el crimen organizado controla territorios reales, esta romantización tiene consecuencias más directas y peligrosas.

 

  1. El atractivo del exceso y la cultura del espectáculo

Vivimos en una era donde la visibilidad es poder: redes sociales, música y streaming amplifican narrativas que privilegian el éxito ostentoso. El narcotraficante encaja perfectamente en esta lógica: riqueza rápida, desafío a la autoridad, estética agresiva.[viii]

La fascinación colectiva por quien rompe las reglas revela también una pulsión cultural más amplia: el deseo de transgredir sin pagar las consecuencias. En la ficción, el capo es casi invulnerable; en la realidad, la mayoría de quienes ingresan al crimen organizado mueren jóvenes o pasan décadas en prisión. Pero esa realidad rara vez se convierte en un relato atractivo.

 

  1. El dilema ético y social

Romantizar al criminal implica trivializar el dolor de decenas de miles de víctimas. Significa transformar en espectáculo lo que para muchas familias es tragedia cotidiana. También perpetúa un ciclo: mientras más jóvenes adopten ese modelo aspiracional, mayor será la violencia, lo que a su vez alimentará nuevas narrativas heroicas.

La pregunta no es sólo por qué se produce esta cultura, sino cómo transformarla. Algunas posibles líneas de respuesta incluyen:

  • Fortalecer oportunidades reales de movilidad social.
  • Generar narrativas culturales alternativas que dignifiquen el esfuerzo legítimo.
  • Visibilizar a las víctimas sin caer en el morbo.
  • Regular la apología directa del delito sin censurar el análisis crítico.

Como podemos apreciar, la romantización del criminal en México y América Latina no es simplemente un fenómeno musical o televisivo: es el síntoma de una crisis más profunda de desigualdad, identidad y legitimidad institucional. Cuando el Estado no logra ofrecer justicia, seguridad ni prosperidad, otros actores llenan el vacío simbólico.

Convertir al narcotraficante en mito es una forma de resignificar la frustración colectiva. Pero esa resignificación tiene un costo: normaliza la violencia, perpetúa la desigualdad y transforma la desesperanza en admiración por el poder destructivo.

Desmantelar esta narrativa no implica negar la realidad del crimen ni censurar la cultura popular: implica ofrecer alternativas creíbles de dignidad, reconocimiento y futuro. Mientras el lujo ilegal siga pareciendo más accesible que el éxito legal, la figura del criminal seguirá encontrando admiradores.

Y ahí radica el verdadero desafío: no sólo combatir al crimen organizado, sino disputar el imaginario[ix] que lo convierte en ideal.

[i] https://puntossuspensivoszacatecas.com/de-males-cuaresma-y-cumbres-cochambrosas/

[ii] https://tropicozacatecas.com/2018/02/18/axis-mundi-traficante-droga/

[iii] https://www.mercaba.org/SANLUIS/Historia/Universal/1%20-%20%C3%89pocas%20y%20temas/Europa%20moderna%20y%20contempor%C3%A1nea/Bandidos.pdf

[iv] https://hugochumbita.com.ar/

[v] https://books.google.com.uy/books?id=kqRbgmtOvR8C

[vi] Los corridos tumbados son un género musical que fusiona el corrido tradicional mexicano con géneros urbanos como el trap y el hip-hop, caracterizado por ritmos más lentos, instrumentación moderna (guitarras y bajos eléctricos), así como letras que narran historias de vida, lujos, narcotráfico y desamor, reflejando la cultura juvenil contemporánea y popularizados por artistas como Natanael Cano y Peso Pluma. En esencia, son una evolución del corrido que se adapta a los sonidos y problemáticas actuales, convirtiéndose en una voz para la juventud, aunque también han generado debate por sus contenidos.

[vii] https://tropicozacatecas.com/2023/05/27/axis-mundi-reclutamiento-permanente-jovenes-ante-la-delincuencia-organizada/

[viii] https://www.instagram.com/reels/DPCQLHjEf_D/

[ix] Los imaginarios son conjuntos de creencias, símbolos, mitos y representaciones compartidas socialmente que dan sentido a la realidad y guían el actuar colectivo. Actúan como esquemas mentales, a menudo inconscientes, que moldean la cultura, la identidad y la percepción del mundo, influyendo más que la propia experiencia vivida: https://www.teseopress.com/palabrasclavefronteras/chapter/imaginario/

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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