«¿Hasta cuándo irás de aquí para allá, hija rebelde? Porque el Señor crea algo nuevo en el país: la mujer rodea al varón».
Jeremías, 31:22
«El Testimonio de Ann Lee» (2025) es una de esas películas extrañas y provocadoras que parecen destinadas más a incomodar y hacer pensar que a agradar a todo el público. Dirigida por la misma pareja de cineastas responsable del drama arquitectónico «El Brutalista» —los realizadores Brady Corbet y Mona Fastvold—,[i] la cinta mantiene el mismo espíritu audaz y poco complaciente que convirtió a aquella obra en uno de los filmes más celebrados de 2024. Sin embargo, en esta ocasión los directores se adentran en un territorio aún más delicado: la historia de una comunidad religiosa cristiana radical, conocida como los «Shakers»,[ii] y de la figura femenina que transformó su visión espiritual.
La película gira en torno a Ann Lee (1736-1784), líder de una congregación que encuentra la comunión con lo divino a través de cantos, danzas y rituales colectivos que conducen a una suerte de trance espiritual. Estas prácticas, que en pantalla adquieren una dimensión casi hipnótica, recuerdan a ciertos ritos de éxtasis religioso presentes en tradiciones sufíes del islam, en religiones tribales o incluso en algunos pasajes del Antiguo Testamento, donde el contacto con lo sagrado se expresa mediante el cuerpo, la música y el movimiento.
En el centro del filme —notablemente ensamblado como un musical— se encuentra la arriesgada y extraordinaria interpretación de Amanda Seyfried. Su Ann Lee no es una santa convencional ni una líder mesiánica típica: es una mujer atravesada por visiones, dudas y una convicción profunda de que la experiencia espiritual no pertenece exclusivamente a los hombres. Seyfried construye un personaje complejo y magnético, capaz de oscilar entre la fragilidad humana y la autoridad mística:
«Gracias a la interpretación de Seyfried, uno cree en el poder de Ann Lee. Seyfried siempre ha sido una actriz increíble, aunque subestimada (desde su divertidísima actuación en ‘Chicas pesadas’), pero este podría ser el mejor trabajo de su carrera. Su presencia física por sí sola es extraordinaria, pero Seyfried la combina con una profunda intensidad emocional y matices, encarnando a Ann Lee tanto como una fuerza profética como una mujer muy humana. Seyfried ha aparecido en musicales anteriormente (‘Mamma Mia’ y ‘Los Miserables’), pero nunca había tenido un mejor escenario para mostrar su voz encantadora y melodiosa. Al ver a Seyfried, entendemos por qué la gente seguiría a esta mujer a través del océano y le creería cuando afirmara ser la representante de Dios en la Tierra».[iii]
Uno de los aspectos más polémicos de la película es su interpretación teológica: el filme sugiere que la plenitud del mensaje cristiano no puede entenderse sin reconocer el papel espiritual de la mujer. En un giro particularmente provocador, la narración plantea la idea —presente en algunas corrientes místicas— de que, para que Cristo sea una totalidad, la Parusía o segunda venida debería manifestarse en forma femenina.[iv] Este planteamiento convierte la historia en una reflexión audaz sobre género, poder religioso y tradición.
No es difícil imaginar por qué una propuesta así puede resultar incómoda para ciertos sectores: para los grupos ultraconservadores o los sectores cristianos más fundamentalistas, la película puede percibirse como una reinterpretación irreverente de la doctrina. Precisamente por ello, «El Testimonio de Ann Lee» se inscribe dentro de ese tipo de cine que genera debate: obras que cuestionan la ortodoxia y obligan al espectador a confrontar sus propias creencias.
Paradójicamente, pese al entusiasmo de la crítica y al reconocimiento a Seyfried, la película quedó fuera de las nominaciones de los Premios Oscar de este año. Muchos analistas han señalado que su carácter controversial, tono contemplativo y crítica implícita a las estructuras patriarcales dentro de la religión pudieron haber jugado en su contra dentro de una industria que, a menudo, premia obras más consensuales.
En definitiva, «El Testimonio de Ann Lee» no es una película diseñada para el consumo masivo. Es una obra inquietante, espiritual y profundamente provocadora que, al igual que «El Brutalista», confirma a Corbet y Fastvold como cineastas dispuestos a arriesgarse estética e ideológicamente. Puede que divida al público, pero precisamente en esa capacidad de provocar discusión radica gran parte de su valor cinematográfico.
- «El Testimonio de Ann Lee» se estrenó en nuestro país el 13 de marzo, lamentablemente no llegó a los cines de Zacatecas. Se espera que esté disponible en un par de meses en las plataformas MUBI y Disney+.
[i] Brady Corbet y Mona Fastvold son una destacada pareja de cineastas —él estadounidense y ella noruega— reconocidos por colaborar estrechamente en la escritura y dirección de aclamados dramas históricos.
[ii] Los «Shakers», formalmente la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo, son una secta cristiana utópica fundada en el siglo XVIII, conocida por su celibato, pacifismo, igualdad de género y vida comunitaria. Fundados por Madre Ann Lee en Inglaterra (1747) y trasladados a EUA (1774), se les denominó «Shakers» (sacudidores) debido a los bailes extáticos y los temblores que caracterizaban su culto.
[iii] https://www.americamagazine.org/film/2025/12/25/madwoman-or-prophet-the-testament-of-anne-lee-presents-a-radical-and-threatening-faith/
[iv] La perspectiva de que la plenitud del mensaje cristiano requiere reconocer el papel espiritual de la mujer y que, para alcanzar la totalidad, la Parusía debería manifestarse en forma femenina, se alinea con ciertas corrientes de la mística nupcial y la teología simbólica, más que con el dogma tradicional.
Esta idea provocadora se fundamenta en los siguientes puntos:
- Cristo como Totalidad y la Esposa: En la teología mística, Cristo es la cabeza y la Iglesia es su cuerpo/esposa. Para que la unión sea perfecta, lo masculino y lo femenino deben integrarse en la visión escatológica.
- La Parusía como Restauración: La segunda venida (Parusía) se entiende como la restauración del diseño original de la creación, donde la distinción de sexos no significa jerarquía, sino complementariedad, y la manifestación de Dios es completa.
- Mística Femenina: Históricamente, las místicas (como las visionarias del Medievo) han expresado la experiencia religiosa a través del cuerpo y la unión amorosa con la divinidad, a menudo difuminando las barreras de género para representar a la «Esposa» (la humanidad/Iglesia) uniéndose al Esposo (Cristo).
- Superación de la imagen masculina: Algunos enfoques modernos de la mística sugieren que la «totalidad» de Cristo —quien trasciende el género humano— puede ser revelada en su venida final a través de la figura de lo femenino, simbolizando la sabiduría, la acogida y la plenitud espiritual de la Iglesia.
Aunque la doctrina ortodoxa enfatiza la venida de Cristo glorioso tal como ascendió, la mística explora esta «parusía femenina» como una metáfora profunda de la realización del ser humano (varón y mujer) en Dios.
Esta perspectiva resulta fascinante porque desafía la visión tradicional y se adentra en la mística de la complementariedad. Bajo esta lógica, la plenitud de la divinidad no reside en un solo género, sino en la integración de lo masculino y lo femenino.
Aquí algunos puntos clave para entender esta corriente:
- La Sofía divina: Muchas tradiciones místicas identifican a la Sabiduría (Sophia) como la faceta femenina de Dios. Si la primera venida fue el Logos (Verbo/Masculino), la segunda sería la manifestación de la Sophia.
- Totalidad y Equilibrio: Se argumenta que una humanidad salvada requiere un arquetipo femenino que sane la historia de subordinación, permitiendo que la «Imagen de Dios» (imago Dei) sea finalmente completa.
- El Espíritu Santo: En algunas corrientes siríacas antiguas y místicas modernas, el Espíritu Santo es visto como una figura materna. La Parusía femenina sería la encarnación definitiva de dicha persona divina.
Este giro no busca «reemplazar» a Cristo, sino expandir su presencia para que abarque la totalidad de la experiencia humana.
Carlos Hinojosa*
*Escritor y docente zacatecano
