«Entender el petróleo como lubricante es entender la Tierra como un conjunto de narrativas diversas impulsadas por el petróleo».
Reza Negarestani
Hay algo que fluye bajo nuestros pies, más antiguo que cualquier civilización, más persistente que cualquier imperio. No es sólo materia: es tiempo licuado, muerte comprimida, restos de mundos desaparecidos que, al ser extraídos, regresan como energía y como destino. En su obra magna Ciclonopedia, el filósofo iraní, Reza Negarestani, imagina este flujo —el petróleo— no como un recurso, sino como una narrativa subterránea que se escribe a sí misma a través de nosotros.[i]
No es que el petróleo piense por sí mismo, al menos no como pensamos nosotros, pero tampoco es pasivo: su «actividad» no reside en una conciencia centralizada, sino en su capacidad para infiltrar sistemas, adherirse a infraestructuras y condicionar decisiones sin necesidad de voluntad explícita. Es una inteligencia distribuida en tuberías, mercados, guerras, motores de combustión y discursos políticos. Un agente sin rostro que, sin embargo, deja huellas en todo.
La modernidad podría leerse, desde esta óptica, como una larga historia de «posesión».
Desde el momento en que el crudo comenzó a brotar del subsuelo en cantidades industriales, algo se reorganizó en la superficie: las ciudades crecieron siguiendo las líneas invisibles de suministro, los desiertos se volvieron estratégicos, los océanos se llenaron de rutas energéticas. El petróleo no sólo alimentó máquinas: reescribió geografías, economías, imaginarios. Introdujo una nueva temporalidad: la del consumo acelerado de millones de años de materia orgánica en apenas unas décadas.
Pero toda aceleración implica dependencia.
Y la dependencia, cuando se profundiza, se vuelve indistinguible del deseo.
Nuestra relación con los combustibles fósiles tiene la textura de una adicción: no sólo porque no podamos prescindir de ellos sin colapsar sistemas enteros, sino porque hemos aprendido a desearlos. El automóvil, el vuelo, la velocidad, la producción constante, la promesa de crecimiento ilimitado: todo ello está impregnado de una estética del petróleo. No se trata únicamente de necesidad funcional, sino de una fascinación casi erótica por la energía disponible, inmediata, concentrada.
En este sentido, la civilización contemporánea no consume petróleo: es consumida por él.
Los líderes políticos, lejos de ser figuras soberanas que toman decisiones libres, aparecen como nodos dentro de esta red de dependencia. Hablan de transición energética, de sostenibilidad, de futuro, pero sus acciones suelen reforzar el mismo circuito extractivo. No necesariamente por malicia —aunque a veces la haya—, sino porque las estructuras que habitan están ya configuradas por la lógica del hidrocarburo. Gobernar, hoy, es en gran medida gestionar flujos de energía fósil.
Desde la perspectiva insinuada por Ciclonopedia, esto adquiere un matiz casi inquietante: como si el petróleo utilizara las instituciones humanas para garantizar su propia circulación. No porque «quiera» en un sentido humano, sino porque todo el sistema ha evolucionado en función de su presencia. La política energética no sería entonces una rama de la política, sino su núcleo oculto.
Y allí, en ese núcleo, la geología se vuelve destino.
Las regiones ricas en petróleo no son simplemente territorios: son puntos de condensación de fuerzas históricas. Oriente Medio, por ejemplo, aparece en la obra de Negarestani como una especie de herida abierta donde el subsuelo dicta los conflictos de la superficie. Las guerras, las intervenciones, las alianzas no serían sólo decisiones humanas, sino episodios de una dinámica más profunda en la que el petróleo emerge como protagonista silencioso.
Es aquí donde la metáfora roza lo inquietante: ¿y si la historia no fuera únicamente la historia de la humanidad, sino también la de aquello que la atraviesa?
Pensar así no implica abandonar la responsabilidad humana, sino radicalizarla. Porque si hemos sido moldeados por el petróleo, también hemos permitido esa transformación. La adicción no es unilateral: requiere participación, complicidad, repetición. Hemos construido un mundo en el que la energía fósil no es sólo necesaria, sino estructuralmente inevitable. Y, sin embargo, esa inevitabilidad es una construcción histórica, no una ley natural.
El problema es que toda construcción puede volverse cárcel.
La transición hacia energías renovables se presenta, entonces, no como una simple sustitución tecnológica, sino como una ruptura ontológica:[ii] implica desmantelar no sólo infraestructuras, sino formas de vida. Reducir la velocidad, reconsiderar el crecimiento, reimaginar la relación con el entorno. Es, en cierto sentido, un proceso de desintoxicación.
Pero toda desintoxicación duele.
Hay resistencias visibles —corporaciones, intereses económicos, discursos negacionistas—, pero también resistencias invisibles: hábitos, expectativas, deseos. El petróleo no sólo está en los motores, está en la manera en que concebimos el progreso, en la ansiedad por la inmediatez, en la dificultad de imaginar límites.
Por eso, abandonar los combustibles fósiles no es solo una decisión técnica: es una transformación cultural profunda. Y quizá, también, una forma de exorcismo.
Porque si seguimos la intuición de Reza Negarestani, el petróleo no desaparecerá simplemente cuando dejemos de usarlo: permanecerá como una capa en la historia, como una huella en nuestras formas de pensar. Incluso en su ausencia, seguirá operando como memoria material de una era en la que creímos dominar la Tierra, sin advertir que estábamos siendo reconfigurados por ella.
Al final, la pregunta no es si el petróleo es una entidad consciente, sino algo más incómodo: ¿qué parte de nuestra conciencia ya le pertenece?
[i] https://materiaoscuraeditorial.com/filosofia/twaqr1v02wu89ibm15trwkjk5z262d
[ii] Una ruptura ontológica es un cambio radical en la forma de entender la realidad, el ser o la existencia, marcando un quiebre fundamental con la visión previa. Representa una transformación en cómo se percibe la estructura del mundo, a menudo separando enfoques tradicionales de los modernos o cuestionando la lógica imperante.
Carlos Hinojosa*
*Escritor y docente zacatecano
