México: violencia criminal, soberanía fragmentada y el desafío de un conflicto sin declaración de guerra – Axis Mundi


«Varios historiadores militares han señalado que ciertos aspectos de los combates en la Revolución Mexicana —la movilidad mecanizada temprana, el empleo extensivo del ferrocarril, las trincheras en algunas campañas, la creciente potencia de fuego y la combinación de guerra irregular con operaciones convencionales— anticiparon fenómenos que después aparecerían a gran escala en la Primera Guerra Mundial».[i]

Lawrence Freedman

 

Introducción: un país en paz que produce cifras de guerra

Como bien saben los amables lectores, cuando se habla de los conflictos más violentos del mundo, la atención suele dirigirse hacia Ucrania, Gaza, Sudán o Myanmar. Son escenarios donde existen ejércitos enfrentados, líneas de combate reconocibles y guerras formalmente identificables. México rara vez aparece en esa conversación.

Y, sin embargo, las cifras cuentan una historia distinta. De acuerdo con los datos más recientes del Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala (UCDP), durante 2025, México concentró más de la mitad de todas las muertes registradas en conflictos no estatales a nivel mundial. Cerca de 7,800 personas murieron en enfrentamientos entre organizaciones criminales, principalmente cárteles del narcotráfico, dentro de un total global de aproximadamente 14,500 víctimas en esta categoría.[ii]

La paradoja es tan evidente como inquietante: México no está oficialmente en guerra, pero genera niveles de violencia comparables o superiores a numerosos conflictos armados reconocidos internacionalmente.

Esta contradicción plantea una pregunta fundamental: ¿cómo debe clasificarse el fenómeno que vive México? ¿Se trata de una crisis de seguridad pública, de una guerra de baja intensidad, de una insurgencia criminal o de una nueva forma de conflicto propia del siglo XXI?

Responder a esta cuestión exige abandonar las categorías tradicionales y examinar la transformación profunda que ha experimentado la violencia organizada en las últimas décadas.

 

El fin de la frontera entre guerra y crimen

Durante buena parte del siglo XX existía una distinción relativamente clara entre guerra y delincuencia: la guerra era concebida como un enfrentamiento entre Estados o entre un Estado y una fuerza insurgente con objetivos políticos definidos. El crimen organizado, por su parte, perseguía fines económicos y operaba en los márgenes del orden político.

Esa frontera se ha vuelto cada vez más difusa.

Los conflictos contemporáneos muestran que actores armados no estatales pueden acumular recursos, controlar territorios, influir en gobiernos y ejercer niveles de violencia similares a los de un ejército convencional sin perseguir necesariamente un proyecto ideológico.[iii]

Y nuestro país representa uno de los ejemplos más extremos de esta transformación: los grandes cárteles dejaron de ser simples organizaciones dedicadas al tráfico de drogas para convertirse en estructuras complejas con capacidad militar, financiera, tecnológica y territorial. Algunas controlan rutas comerciales, mercados ilegales, redes de extorsión, explotación de recursos naturales, migración irregular y sistemas locales de gobernanza informal.

En numerosas regiones del país, la pregunta ya no es si el Estado está presente o ausente, sino quién ejerce efectivamente el poder cotidiano.

 

De la guerra contra el narcotráfico a la normalización del conflicto

La crisis actual no surgió de manera espontánea: aunque las raíces del problema son anteriores, el punto de inflexión suele ubicarse en 2006, cuando el gobierno federal lanzó una estrategia de confrontación directa contra las organizaciones criminales.

La decisión respondió a una realidad evidente: los cárteles habían acumulado un poder económico y territorial sin precedentes. Sin embargo, la militarización produjo efectos contradictorios. Por un lado, debilitó a varias organizaciones históricas. Por otro, aceleró procesos de fragmentación interna que multiplicaron el número de grupos armados en disputa.

Lo que inicialmente parecía una guerra contra unos cuantos grandes cárteles terminó convirtiéndose en un mosaico de conflictos regionales, alianzas cambiantes y luchas locales por el control de territorios específicos. La violencia dejó de concentrarse en unos pocos actores para dispersarse en cientos de organizaciones de distinto tamaño y capacidad.[iv]

Y, con el paso de los años, la confrontación adquirió características de un conflicto permanente: cambiaron los gobiernos, las estrategias y los discursos, pero la violencia persistió.

 

«Abrazos, no balazos»: entre el cambio discursivo y las inercias estructurales

La llegada de una nueva administración en 2018 representó un intento explícito de distanciarse del paradigma de la guerra contra el narcotráfico: la política resumida en la frase «abrazos, no balazos» buscó enfatizar la atención a las causas sociales de la violencia, reducir el protagonismo del discurso militarista y replantear las prioridades de la seguridad pública.

Sus defensores argumentaron que el enfoque anterior había producido una espiral de violencia sin resolver los problemas estructurales. Sus críticos sostuvieron que el cambio discursivo no estuvo acompañado de una estrategia efectiva para recuperar territorios dominados por organizaciones criminales.

La realidad parece más compleja que cualquiera de estas interpretaciones: aunque algunas cifras oficiales muestran reducciones recientes en determinados indicadores de homicidio, numerosos especialistas advierten que una disminución de los enfrentamientos no necesariamente implica una reducción equivalente del poder criminal. De hecho, existe una posibilidad inquietante: que parte de la reducción observable responda a procesos de consolidación territorial.[v]

Cuando una organización logra imponerse sobre sus competidores, disminuyen los combates abiertos. Sin embargo, la capacidad de ejercer control, coerción y violencia puede mantenerse intacta. La ausencia de enfrentamientos no siempre significa la presencia de la paz.

A veces significa simplemente que ya no quedan rivales que combatir.

 

El ascenso de los actores paraestatales

Quizá el aspecto más significativo del conflicto mexicano sea la transformación de ciertos grupos criminales en auténticos actores paraestatales. Como todos sabemos, en muchas regiones, estas organizaciones realizan funciones tradicionalmente asociadas al Estado:

  • Cobran cuotas obligatorias.
  • Regulan actividades económicas.
  • Imponen normas de conducta.
  • Administran formas rudimentarias de justicia.
  • Controlan la circulación de personas y mercancías.
  • Influyen en procesos políticos locales.
  • Determinan quién puede abrir un negocio, cultivar determinadas tierras o transitar por ciertas carreteras.

Este fenómeno ha llevado a numerosos investigadores a hablar de «soberanía fragmentada», concepto que resulta especialmente útil porque evita dos simplificaciones frecuentes:

  1. La primera consiste en afirmar que el Estado ha desaparecido.
  2. La segunda consiste en asumir que mantiene un control efectivo y homogéneo sobre todo el territorio nacional.

Ninguna de las dos afirmaciones refleja adecuadamente la realidad. Lo que existe es una distribución desigual de la autoridad, donde instituciones estatales y organizaciones criminales compiten, negocian o coexisten en distintos grados según la región.[vi]

 

Las desapariciones: el rostro más oscuro del conflicto

Las cifras de homicidios suelen ocupar los titulares, pero quizá el indicador más perturbador sea el crecimiento sostenido de las desapariciones, las cuales representan una forma de violencia particularmente significativa porque desafían los mecanismos tradicionales de registro y rendición de cuentas:

  • Un homicidio deja un cuerpo.
  • Una desaparición deja incertidumbre.
  • Miles de familias mexicanas viven atrapadas en esa incertidumbre permanente.

La búsqueda de personas desaparecidas se ha convertido en una tarea asumida frecuentemente por colectivos ciudadanos ante la insuficiencia de las capacidades institucionales. En este sentido, la crisis de desapariciones no constituye únicamente un problema humanitario: también revela los límites del Estado para garantizar una de sus funciones fundamentales: determinar qué ha ocurrido con sus ciudadanos.[vii]

 

La dimensión internacional del problema

Resulta imposible comprender la violencia mexicana sin considerar su contexto internacional:

  • El narcotráfico opera dentro de un sistema económico transnacional.
  • La demanda de drogas proviene principalmente del mercado estadounidense.
  • Buena parte del armamento utilizado por organizaciones criminales tiene origen en Estados Unidos.
  • Los flujos financieros atraviesan múltiples jurisdicciones.
  • Las cadenas logísticas conectan puertos, fronteras y centros financieros distribuidos por todo el continente.

En consecuencia, la violencia mexicana no puede entenderse únicamente como un problema doméstico: se trata de una manifestación local de dinámicas económicas y geopolíticas globales. Por esta razón, cualquier estrategia sostenible requerirá necesariamente mecanismos de cooperación internacional que vayan más allá de las respuestas policiales tradicionales.[viii]

 

¿Una guerra de baja intensidad?

La expresión anterior continúa siendo útil, pero insuficiente, ya que México comparte varias características de los conflictos históricamente clasificados como guerras de baja intensidad: violencia persistente, fragmentación territorial, multiplicidad de actores armados y ausencia de grandes campañas militares convencionales. Sin embargo, el término resulta engañoso cuando se observan las consecuencias humanas.

Durante años, el número acumulado de homicidios, desapariciones y desplazamientos internos ha alcanzado niveles comparables a los de numerosos conflictos armados reconocidos internacionalmente.

  • La intensidad militar puede ser baja.
  • La intensidad de la crisis humanitaria, claramente no.

Por ello, conceptos como «guerra criminal», «conflicto armado no estatal» o «insurgencia criminal» han ganado terreno en la literatura especializada. Ninguno es completamente satisfactorio, pero todos intentan describir una realidad que desafía las categorías heredadas del siglo XX.[ix]

 

El laboratorio de los conflictos del siglo XXI

Quizá el error más frecuente sea considerar el caso mexicano como una anomalía, ya que existe la posibilidad de que ocurra exactamente lo contrario: México podría representar una de las primeras manifestaciones plenamente desarrolladas de un tipo de conflicto que será cada vez más común durante el siglo XXI, un conflicto donde los actores armados no buscan tomar la capital ni sustituir formalmente al gobierno.

  • Donde la economía ilegal se mezcla con la economía legal.
  • Donde las fronteras entre corrupción, gobernanza y violencia se vuelven difusas.
  • Donde el control territorial importa más que la conquista ideológica.
  • Y donde la disputa por el poder se desarrolla simultáneamente en las calles, en los mercados, en las instituciones y en el espacio digital.

En este sentido, nuestro país podría estar anticipando algunos de los desafíos políticos más complejos del mundo contemporáneo.[x]

 

Conclusión: la guerra que no existe y que, sin embargo, está ahí

México vive una contradicción histórica: aún le quedan rasgos de una democracia que celebra elecciones regulares, mantiene instituciones funcionales y participa activamente en la economía global. Pero también es uno de los escenarios más letales del planeta en términos de violencia organizada, y la dificultad para nombrar esta realidad refleja una dificultad aún mayor para resolverla.

Mientras el debate público oscila entre describir el fenómeno como una guerra o como un problema de seguridad pública, la violencia continúa transformando territorios, instituciones y comunidades enteras.

Tal vez la pregunta decisiva ya no sea si México está o no en guerra, quizás la pregunta correcta sea si nuestras categorías tradicionales siguen siendo capaces de comprender conflictos en los que la guerra y la paz han dejado de ser estados opuestos para convertirse en condiciones que coexisten simultáneamente.

Y México, más que un país en guerra, tal vez se ha convertido en el laboratorio donde esa nueva realidad se manifiesta con mayor claridad.

[i] Lawrence Freedman, La guerra futura. Un estudio sobre el pasado y el presente, Crítica, Barcelona, 2019, p. 77.

[ii] https://es.wired.com/articulos/el-mundo-esta-en-el-momento-mas-violento-desde-la-segunda-guerra-mundial-y-el-caso-de-mexico-es-grave

[iii] https://unicri.org/sites/default/files/2025-05/F3-2024-Non-state-armed-groups-and-today%E2%80%99s-intractability-of-conflict-Benjamin-Petrini.pdf

[iv] https://dossierpolitico.com/2025/11/09/la-fragmentacion-del-narco-en-mexico-en-el-siglo-xxi-de-siete-a-150-carteles-en-25-anos/

[v] https://politica.expansion.mx/voces/2026/05/07/la-caida-de-homicidios-que-sigue-sin-explicarse

[vi] https://www.infobae.com/america/opinion/2026/03/01/mexico-la-fragmentacion-de-un-estado/

[vii] https://hchr.org.mx/camp/100-mil-personas-desaparecidas-en-mexico/

[viii] http://docencia.uaeh.edu.mx/estudios-pertinencia/docs/SOCIO_POLITICA/El%20narcotrafico%20en%20Mexico.pdf

[ix] https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-013X2020000401415

[x] https://revistaeldiluvio.com/crimen-territorio-y-estado-la-descomposicion-mexicana/

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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