«Un Poeta»: la dimensión profundamente ordinaria de la derrota – Axis Mundi


«Eran poetas, críticos o escritores; siempre estaban perdidos, buscaban algo que no sabían a ciencia cierta si existía, y no pocas veces acababan rondando los hoyos negros del horror».[i]

Carlos Granés, Delirio americano (2022)

 

La película «Un Poeta», del director colombiano Simón Mesa Soto, es una de esas obras que no buscan agradar al espectador, sino exponerlo. Bajo la apariencia de una tragicomedia amarga, el filme termina convirtiéndose en un espejo incómodo para cualquiera que haya orbitado alrededor de la poesía, la docencia o los pequeños círculos intelectuales latinoamericanos. Más que narrar la vida de un escritor fracasado, la película disecciona el deterioro emocional de quienes alguna vez confundieron la sensibilidad artística con una forma de superioridad moral, y que terminaron atrapados entre la frustración, el resentimiento y una necesidad casi patológica de reconocimiento.

«Esta obra maestra deja al desnudo muchos de los demonios internos de quienes, de una u otra forma, nos hemos dedicado a la poesía y al ámbito educativo, junto con la locura y el narcisismo que suele prevalecer en el mundillo literario latinoamericano».[ii] Esa sensación atraviesa toda la película. El protagonista no es únicamente un poeta venido a menos: es la imagen de una generación de intelectuales latinoamericanos que crecieron creyendo que la literatura podía conferirles sentido, prestigio o trascendencia, sólo para descubrir que el mundo moderno tiene cada vez menos espacio para ellos. La tragedia del personaje no consiste solamente en su fracaso económico o profesional, sino en algo mucho más devastador: la imposibilidad de aceptar que quizá nunca fue tan brillante como imaginó.

Ahí reside una de las mayores virtudes del filme. Simón Mesa Soto evita romantizar al artista maldito: el protagonista no es un héroe incomprendido ni un mártir de la cultura; muchas veces es mezquino, arrogante, manipulador y profundamente inmaduro. Sin embargo, la película jamás lo convierte en caricatura. Lo observa con una mezcla de compasión y crueldad que recuerda al mejor cine latinoamericano contemporáneo. Cada silencio incómodo, cada conversación humillante y cada intento desesperado de preservar una dignidad inexistente revelan una verdad dolorosa: el narcisismo intelectual suele ser una máscara para ocultar inseguridades devastadoras.

El retrato del ámbito educativo resulta igualmente feroz: la película parece insinuar que muchos profesores de literatura y poesía sobreviven emocionalmente proyectando en sus alumnos las expectativas que nunca pudieron cumplir en sí mismos. Existe una tensión constante entre la genuina vocación pedagógica y el deseo egoísta de validación. En ese sentido, el filme golpea particularmente fuerte a quienes han pasado por talleres literarios, universidades o círculos culturales donde el prestigio simbólico importa más que la honestidad artística. Las dinámicas de admiración, envidia y manipulación están retratadas con una precisión casi documental.

Aunque, como hemos mencionado, la cinta ha sido promocionada como una tragicomedia, reducirla a ese género resulta insuficiente. Sí, hay momentos absurdos y situaciones que provocan risa, pero se trata de una risa incómoda, nerviosa, casi defensiva. Muchas secuencias terminan funcionando como pequeñas heridas abiertas para quienes han vivido experiencias similares. El filme entiende algo fundamental sobre el fracaso intelectual: rara vez ocurre de manera grandiosa o épica; normalmente se manifiesta en conversaciones triviales, borracheras patéticas, discusiones insignificantes y pequeños actos de humillación cotidiana. Por eso duele tanto, porque reconoce la dimensión profundamente ordinaria de la derrota.

Otro de los aspectos más poderosos del filme es su capacidad para capturar cierta melancolía específicamente latinoamericana. El mundo literario que retrata está lleno de aspiraciones europeizantes, rivalidades provincianas y una precariedad económica constante. Los personajes hablan de poesía como si todavía habitaran el siglo XX, mientras el entorno parece recordarles continuamente que la cultura ha perdido centralidad social. Esa desconexión genera un sentimiento de anacronismo permanente: los personajes viven aferrados a una idea romántica del intelectual que el presente ya no sostiene.

Visualmente, la película refuerza esa sensación de desgaste existencial: la fotografía evita embellecer los espacios y prefiere mostrar entornos apagados, rutinarios y asfixiantes. No hay glamour en la vida del poeta, sólo habitaciones estrechas, bares enervantes y salones académicos donde la pasión por la literatura convive con la frustración acumulada. Esa estética sobria potencia el carácter íntimo y devastador de la historia.

Sin embargo, lo más valioso de «Un Poeta» quizá sea su honestidad brutal, ya que la película se atreve a formular preguntas que muchos artistas y docentes prefieren evitar: ¿qué ocurre cuando el talento no basta?, ¿qué sucede cuando la identidad completa de una persona depende de sentirse especial?, ¿cuánto del amor por la literatura nace realmente de la sensibilidad y cuánto del deseo de reconocimiento? El filme no ofrece respuestas reconfortantes, al contrario, deja al espectador frente a la posibilidad de que el arte, además de belleza, también puede producir resentimiento, egoísmo y autodestrucción.

Precisamente por ello, este filme se torna indispensable: no porque sea cómodo o inspirador, sino porque posee una autenticidad emocional extraordinaria. Es cine que incomoda, que exhibe miserias humanas reconocibles y que rechaza las narrativas fáciles sobre el artista sensible y virtuoso. Para quienes hemos vivido cerca del mundo literario o educativo, la experiencia puede resultar incluso dolorosa, pero también profundamente catártica. Y para quienes no conocen ese entorno, la película funciona como una radiografía fascinante de un ecosistema cultural marcado por la precariedad emocional y el hambre de trascendencia.

En última instancia, «Un Poeta» no trata únicamente sobre poesía, también aborda el fracaso de las expectativas personales, el miedo a la irrelevancia y la dificultad de aceptar la propia mediocridad en una cultura que, constantemente, empuja a las personas a sentirse excepcionales. Ahí radica su fuerza devastadora: en demostrar que, detrás de muchos discursos intelectuales y artísticos, suelen esconderse seres humanos profundamente rotos, buscando desesperadamente que alguien les confirme que sus vidas todavía tienen significado.

Y, sin embargo, pese a toda esa dureza, el filme no desprecia la poesía, más bien lamenta profundamente lo que ocurre cuando las personas depositan en ella expectativas imposibles: salvación, reconocimiento permanente, superioridad moral o inmortalidad simbólica. El arte puede acompañar, iluminar e incluso transformar, pero difícilmente puede llenar vacíos emocionales estructurales. Cuando alguien intenta exigirle eso a la literatura, el resultado suele ser exactamente el tipo de fractura existencial que la película retrata tan bien.

Tal vez ahí reside la grandeza de «Un Poeta»: no ridiculiza únicamente a sus personajes, también los comprende. Y esa comprensión es lo que vuelve la experiencia tan devastadora para quienes, como un servidor, hemos convivido durante décadas con ese universo humano, brillante, inseguro, vanidoso, sensible y profundamente herido que suele esconderse detrás de la palabra «poeta».

  • «Un Poeta» se encuentra disponible en HBO Max. Por cierto, ha sido tal el impacto de este filme, en el ámbito cultural, que ya está en marcha un innecesario remake hollywoodense.[iii]

[i] Granés, Carlos, Delirio americano: Una historia cultural y política de América Latina, p. 680, TAURUS Edición de Kindle.

[ii] Opinión de un espectador.

[iii] https://esquirecolombia.com/un-poeta-version-estadounidense/

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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