Axis Mundi: Don Juan y el dios Consumo


Aunque la mayoría de las personas tiende a creer, con sinceridad, que aquello que más desea es la tranquilidad, lo que en realidad persigue, como demuestran los hechos, es la agitación. Lo que en verdad nos apetece es perseguir a la liebre, no alcanzarla, como los canes en un galgódromo. El placer se halla en la cacería, no en abatir a la pieza. ¿Por qué son así las cosas? Debido a nuestra condición humana —«mortal y miserable», Juan Luis Vives dixit—, por la pura imposibilidad de encontrar consuelo en cualquier cosa que deseamos, una vez que la contemplamos de cerca.

El único consuelo disponible, tal parece, es entregarnos por completo a la empresa de desviar nuestra atención y, así, evitar que pensemos en la muerte y la brevedad de la vida, la razón genuina de nuestra miseria. Lo que disfrutamos es el bullicio y el ajetreo, no sus efectos ostensibles y recompensas. La liebre no puede protegernos de la visión de nuestra muerte y miseria, pero la diversión de cazarla podría conseguirlo.

Buscamos y encontramos el desenlace al drama de la mortalidad no en las cosas que obtenemos ni en las propiedades que logramos, sino en desearlas y correr detrás de ellas. Ante tal realidad, no percibimos más que unas pocas esperanzas: no hay escape de la fatalidad humana, excepto las diversiones, y nuestros semejantes, con quienes compartimos el don o maldición de la mortalidad, no pueden ser juzgados duramente por comportarse de esta manera. Su culpa no estriba en buscar el alboroto, si lo que hacen es debido al deseo de ser «entre–tenidos» entre el instante de lucidez que nos revela nuestro lúgubre futuro, y el momento de amnesia donde lo único que importa es «pasársela bien», como reza el credo de las generaciones recientes.

Lo que sí constituye un error es buscar las cosas con la esperanza de que su posesión nos brindará la verdadera felicidad, sólo en esos casos se puede acusar a los semejantes de caer en la vanidad, como bien apunta el sabio Blas Pascal (1623–1662):

Por esto no se sabe censurarlos debidamente; su falta no consiste en que busquen el tumulto, si no lo buscaran más que como un divertimiento; lo malo es que lo buscan como si la posesión de los bienes buscados fuera a hacerles verdaderamente felices, en lo cual se tiene razón de acusar a esta búsqueda de vanidad; de suerte que en todo ello, tanto los que censuran como los censurados no entienden la verdadera naturaleza del hombre.[i]

Si Pascal hubiera nacido un par de siglos después, tal vez repetiría las palabras de Robert Louis Stevenson en Virginibus Puerisque: «Viajar con esperanza es mejor cosa que llegar al destino, y el éxito verdadero es laborar».[ii] Con toda probabilidad, Pascal afinaría, sin embargo, el punto de vista del escritor escocés, observando, amargamente, que al llegar al destino no existe alegría alguna. Detener el viaje es una receta para el abatimiento y la desesperación, habría dicho Pascal. Del trágico destino que pesa sobre los seres humanos no hay salvación, concluiría el sabio francés: lo único que podemos hacer es olvidarnos de ello.

En esta última afirmación, otro gran explorador de la condición humana, Søren Kierkegaard (1813–1855), hace una excepción. Buscar la diversión en lugar de confrontar a quemarropa el destino del ser humano es, desde la perspectiva de Kierkegaard, un signo de una vida corrompida o perversa, una patología del carácter. Y no hay nada inevitable acerca de tal perversión, la corrupción es, simple y llanamente, algo que puede ser resistido. El arquetipo de Kierkegaard, en la patología que nos ocupa, es la figura del Don Giovanni de Mozart.

El placer de Don Juan no radica en hacer suyas a las mujeres, sino en su seducción, de hecho, él no posee ningún interés en las mujeres que ya ha conquistado, su placer termina en el momento del triunfo. Los apetitos sexuales de Don Juan no son, necesariamente, mayores a los de un hombre común, el meollo del asunto es que la cuestión de qué tan grandes son sus apetencias sexuales resulta totalmente irrelevante para la fórmula de vida de Don Juan, ya que su existencia se basa en mantener vivo el deseo, en lugar de alcanzar su satisfacción.[iii]

Sólo de esta manera Don Juan accede a la epopeya: constantemente finaliza y constantemente inicia otra vez desde el principio, ya que su vida es la suma de momentos que se repelen entre sí, entre los cuales no hay coherencia. Su vida resulta la de un instante que es la suma de los instantes. Curiosamente, esto es otro de los mantras de las nuevas generaciones, «vive el momento, no pienses en nada más», con todo lo que ello implica, aunque quien pronuncia tales palabras suele no estar consciente de ello.

Desde este enfoque, no podemos llamar a Don Juan como un engañador, señala Kierkegaard, o incluso un seductor, ya que serlo implica cierta capacidad de reflexión y conciencia por lo que, en cuanto ello se presenta, estaríamos hablando propiamente de astucia, intrigas y planes cuidadosos, algo de lo que carece Don Juan; de lo anterior se deduce que este galán no practica la seducción. Él desea, y su deseo actúa de manera seductiva, en esta medida es cómo Don Juan seduce, disfrutando la satisfacción de desear, y tan pronto como la ha gozado, busca un nuevo objeto de deseo, y así, hasta el infinito. No requiere preparación, ni planes, ni tiempo, porque él siempre está dispuesto, la energía requerida, junto con el deseo, se encuentra en él en todo momento; sólo cuando Don Juan desea se encuentra en su elemento.

La vida de Don Juan se halla finamente dividida entre momentos separados e inconexos, pero ha sido Don Juan mismo quien lo ha querido de esta forma, así fue la decisión que tomó. Tal ha sido su designio de flotar de una aventura amorosa a otra, de ir a la deriva en su existencia, en lugar de navegarla. Ninguna predestinación le ha obligado a actuar de dicha manera, su vida pudo haber sido diferente, él mismo pudo ser otra persona. Kierkegaard no acepta de brazos cruzados la fatalidad a la que Pascal melancólicamente se somete. El Don Juan de Kierkegaard es un monstruo, una excepción abominable y detestable, un crecimiento canceroso en la humanidad, tal como pudiera y debiera de ser.

Pascal no estaría de acuerdo, Don Juan es, de hecho, lo que la gente ordinaria desearía ser, si se le diera la oportunidad de ello. Las personas desean «constantemente terminar y empezar de nuevo desde un inicio» y, así, olvidarse de ese final que está obligado a concluirlo todo, y más allá del cual no existen nuevos comienzos. Si el poder seductor de Don Juan es vivir la existencia mortal como si fuera eterna, en lugar de envenenarla con preocupaciones sobre la eternidad más allá de su alcance, debido a lo finito del futuro, entonces esto es exactamente lo que todos nosotros tendemos buscar a tientas, aunque pocos contamos con las exquisitas habilidades de Don Juan y la mayoría se desvía de la vida de diversión mucho antes de lograr las condiciones que ha soñado en alcanzar.

Podría parecer que la historia ha conciliado el desacuerdo planteado en los párrafos anteriores en favor de Pascal, pero ni él ni Kierkegaard pudieron haber anticipado el advenimiento de la actual sociedad humana, la cual transforma la distracción, alguna vez un escondite ideal e individual del destino, en una construcción social: una sociedad en la que «constantemente se finaliza y comienza de nuevo desde un inicio» podría no ser más un signo de monstruosidad, sino el modo de vida disponible para todos y el único modo de vida más comúnmente aceptable.

Los contemporáneos de Pascal y Kierkegaard, por supuesto, consumían, como la gente de todas las épocas lo ha hecho. Al igual que las criaturas vivientes, tuvieron que consumir para permanecer con vida, incluso, siendo humanos y no meros animales, tuvieron que consumir más de lo que la pura supervivencia requiere: estar con vida de una forma humana demanda que se sobrepasen las necesidades de una mera existencia biológica, con elaborados estándares sociales de decencia, propiedad, «dolce vita».

Tales estándares podrían haberse elevado a lo largo del tiempo, pero el meollo del asunto es que, en el pasado, la suma total de «consumibles» necesarios para las personas se fijaba en el momento, con sus límites bajos y altos, los cuales eran delineados de acuerdo con las tareas por realizar, antes de llevarlas a cabo; los humanos precisaban alimento, calzado y refugio, y todo de una manera apropiada. Existía un número fijo de necesidades que satisfacer para lograr sobrevivir.

Pero el consumo, estando en función de las necesidades, tenía que justificarse en otros términos que no lo tuvieran como base. La sobrevivencia biológica y social era el propósito del consumo y, una vez que se lograba dicho propósito (las necesidades habían sido satisfechas), no existía razón alguna para seguir consumiendo. Permanecer abajo de los estándares de consumo constituía un reproche ético para el resto de la sociedad, pero sobrepasar tales estándares era, asimismo, una falta de ética, en este caso personal. Dar rienda suelta a los placeres de la carne, la glotonería y el abuso de las bebidas espirituosas durante mucho tiempo fue mal visto, incluso condenado como pecado mortal. En ese entonces, el consumo concupiscente u ostentoso sólo servía para la vanagloria y la autosuficiencia.

Sin embargo, lo anterior ocurría cuando el concepto de cultura imperante atemperaba los excesos a los que es tan proclive la condición humana:

La cultura estableció siempre unos rasgos sociales entre quienes la cultivaban, la enriquecían con aportes diversos, la hacían progresar y quienes se desentendían de ella, la despreciaban o ignoraban, o eran excluidos de ella por razones sociales y económicas. En todas las épocas históricas, hasta la nuestra, en una sociedad había personas cultas e incultas y, entre ambos extremos, personas más o menos cultas o más o menos incultas, y esta clasificación resultaba bastante clara para el mundo entero porque para todos regía un sistema de valores, criterios culturales y maneras de pensar, juzgar y comportarse.[iv]

Ahora, la marca distintiva de nuestra sociedad es su «cultura», una innegable cultura de consumo que, tal parece, se cierne sobre toda la humanidad, donde el modo de vida occidental parece ser el non plus ultra a seguir, «la abundancia consumista occidental representa un sueño para la mayoría de las personas, parece como una aspiración generalizada, un modelo de vida con tendencia a universalizarse. Los países de nuestro ámbito que han interiorizado los valores consumistas, incluso los que tienen menos recursos, son ya hiperconsumidores, especialmente de imágenes y medios de masas».[v]

Ya no se trata ni siquiera del consumo en sí mismo, tampoco de los elevados y crecientes niveles de consumo de bienes materiales, intangibles y culturales. Lo que distingue a los miembros de la actual sociedad de sus antepasados es la emancipación del consumo de su instrumentalidad pasada, la cual solía delinear sus límites. La caída de las normas y la nueva plasticidad de las «necesidades» —creadas por la unión non sancta entre productores y actores culturales, como diseñadores y redactores, tal como lo ha señalado Lipovetsky— ha liberado al consumo de su función primaria, absolviéndolo de la necesidad de justificarse a sí mismo o referirse a algo más que no sea su propia gratificación. En nuestra sociedad, el consumo es su propio propósito y, asimismo, no ocupa que algo más lo mueva, se conduce a sí mismo.

Notas de referencia:

[i] Blas Pascal, Pensamientos, Madrid, Espasa–Calpe, 1940, http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/pensamientos–1/html/ff08eee4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_1.html#I_3_

[ii] http://www.gutenberg.org/files/386/386-h/386-h.htm

[iii] http://www.sorenkierkegaard.nl/artikelen/Engels/067.%20Kierkegaard_dongiovanni.pdf

[iv] Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, Madrid, Alfaguara, 2012, pp. 65–66.

[v] Gilles Lipovetsky y Hervé Juvin, El Occidente globalizado, Barcelona, Anagrama, 2010, p. 37.

 

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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