Axis Mundi: La educación en la era del «usar y desechar»


 

*Carlos Hinojosa es escritor y docente zacatecano

Carlos Hinojosa*

La historia de la educación, como bien lo sabemos en México, ante el embate del enésimo cambio de modelo educativo que ocurrirá en agosto próximo, ha estado llena de periodos críticos en los cuales se torna evidente que premisas y estrategias, aparentemente válidas y comprobables, pierden su conexión con la realidad y precisan exhaustivas revisiones y reformas.

Sin embargo, los desafíos que ocurren actualmente parecen minar con más fuerza la misma esencia de la idea de educación —y, con ello, la de cultura—, tal como fue formada desde los umbrales de la civilización. Tales desafíos ponen en entredicho las características constitutivas del concepto de educación que, hasta el momento, habían resistido todos los retos anteriores, junto con presuposiciones nunca antes cuestionadas, las cuales no pensamos que ya hubieran cumplido su ciclo y fuera necesario reemplazar.

Como puede verse por todas partes, en donde la meta de las personas parece ser «consumir–usar–desechar» lo más rápido posible, la existencia de vínculos humanos estables es percibida como una amenaza; cualquier juramento de fidelidad, cualquier compromiso de largo término (menos aun «para toda la vida») presagia un futuro, suponemos, abrumado con obligaciones que restringen la libertad de movimiento y reducen la capacidad de tomar nuevas, aunque desconocidas, oportunidades, a medida que éstas —inevitablemente— se presenten. La perspectiva de tener que «cargar» con algo por toda la existencia (como ocurría con las anteriores generaciones, cuando el matrimonio era «hasta que la muerte los separe», y el automóvil, así como los electrodomésticos se adquirían sólo una vez por siempre, ya que su funcionamiento estaba garantizado por décadas) ahora se percibe como repulsiva y aterrorizante.

Y lo anterior no debería sorprendernos, ya que, como comentábamos en la pasada columna, incluso las cosas más codiciadas se diseñan para envejecer a un ritmo vertiginoso, para perder su lustre en poco tiempo y, así, transformarse de una insignia honorífica a un estigma de vergüenza. Los editores de las revistas de «moda y actualidad» suelen tomar muy bien el pulso de nuestra época: junto con la información acerca de los nuevos «debes hacer y debes poseer», regularmente proporcionan a los lectores consejos sobre lo que ya está demodé[1] y precisa ser desechado. Nuestro mundo cada vez más se acerca a la «ciudad invisible» de Leonia, descrita por Ítalo Calvino en su ya clásica obra, donde,

[en] los umbrales, envueltos en tersas bolsas de plástico, los restos de la Leonia de ayer esperan el carro del basurero. No sólo tubos de dentífrico aplastados, bombillas quemadas, periódicos, envases, materiales de embalaje, sino también calentadores, enciclopedias, pianos, juegos de porcelana: más que por las cosas que cada día se fabrican, venden, compran, la opulencia de Leonia se mide por las cosas que cada día se tiran para ceder lugar a las nuevas. Tanto que uno se pregunta si la verdadera pasión de Leonia es, en realidad, como dicen, gozar de las cosas nuevas y diferentes, y no más bien el expeler, alejar de sí, purgarse de una recurrente impureza.[2]

El gozo de «deshacerse de algo», desecharlo y arrojarlo a los desperdicios, es la verdadera pasión de nuestro mundo. Como ya mencionamos, la capacidad de durar en funcionamiento muchos años ya no es una cualidad que hable a favor de las cosas. Tanto objetos como vínculos y nexos entre los seres humanos deben servir (se espera eso de ellos) sólo por un tiempo determinado y, cuando hayan sobrepasado su utilidad, es necesario desintegrarlos hasta que no quede huella, o cederlos a terceros para su «reciclaje», que es otro término para referirse a «tranquilizar nuestra conciencia», o lo que resta de ella. Y así sucederá incluso con las posesiones, particularmente con aquéllas de larga duración que no pueden ser desechadas fácilmente, ya que también terminarán por ser rechazadas.

El actual consumo de bienes —materiales, intangibles, culturales— no es acerca de la acumulación de cosas, sino de disfrutar de su condición de «úsese sólo una vez». En un contexto tal, ¿por qué debería el «paquete de conocimientos», obtenido durante la larga estadía en un sistema educativo, permanecer exento de dicha regla universal? En el torbellino del cambio, el conocimiento debe embonar en la sociedad del uso instantáneo, debe ser «significativo» —como rezan las doctrinas pedagógicas y educativas en boga—, sí, pero para saber «usar y desechar», un conocimiento preparado para el consumo–inmediato y el desecho–inmediato, del tipo prometido por los programas y aplicaciones de software que vienen y van, cada vez de forma más acelerada, en las páginas–web de descarga de contenidos.

Sin duda que, si quitamos la máscara e hipocresía de las autoridades educativas, y nombramos a las cosas por su nombre, el cual, en el fondo, los estudiantes ya conocen gracias a su contacto 24/7 con sus gadgets, la enseñanza de dicho tipo de conocimiento sería más atractiva —incluso «honesta»— para las nuevas generaciones, incapaces de realizar las actividades más elementales de la enseñanza, de acuerdo con las recientes mediciones,[3] esto es, leer y escribir, sin mencionar una nula capacidad de atención y abstracción.

 

NOTAS:

[1] La palabra demodé es un galicismo que se usa en muchos países de habla hispana para decir que algo —un vestido, una música, un estilo, un punto de vista, etcétera— está pasado de moda, es decir, perteneciente a otra época, puesto que la moda, por definición, pasa para que otra ocupe el lugar. A veces lo «demodé» vuelve (no se sabe ni de dónde, ni por qué, ni cómo) para quitarle el puesto a lo «de moda» que, así, se convierte en «demodé». La palabra francesa «démodé» es el participio del verbo pronominal «se démoder» (pasar de moda), basado en el sustantivo «mode» y el prefijo –de (latín –dis) que marca la privación, la separación o el alejamiento. Parece normal que el español como el italiano, al importar muchos términos relacionados con la moda, tomara también «demodé», http://etimologias.dechile.net

[2] http://es.scribd.com/doc/6636181/Italo-Calvino-Las-Ciudades-Invisibles

[3] http://www.eluniversal.com.mx/articulo/eduardo-backhoff-escudero/nacion/como-interpretar-los-resultados-de-planea#

 

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