Axis Mundi: Ciencia ficción e identidad femenina


En la década de los 80’s del siglo pasado, un buen número de escritoras e intelectuales feministas cuestionó los vínculos entre las mujeres y los avances tecnológicos, al tiempo que propusieron nuevas formas de abordar dicho escenario. La socióloga Sherry Turkle efectuó un importante estudio de la cultura computacional y su relación con las percepciones de la individualidad, el cual fue publicado en 1984 como El segundo yo: las computadoras y el espíritu humano.[i] Por esas mismas fechas, Constance Penley, quien había logrado buena reputación en el campo de los estudios fílmicos, comenzó a interesarse en la ciencia ficción y la cultura de la tecnología, lo cual se convirtió, en el primer caso, en un libro co–editado con Elisabeth Lyon y Lynne Spigel, titulado Close Encounters: Film, Feminism and Science Fiction,[ii] y, en el segundo, en una obra llamada Technoculture.[iii]

El interés de Penley y otras feministas en la ciencia ficción refleja en parte, al menos, el grado de empoderamiento que el feminismo había concedido a las mujeres para poder dejar su marca en un género previamente dominado por los hombres. Los años 70’s presenciaron el ascenso de una generación de escritoras de ciencia ficción, algunas de las cuales se ganarían el respeto de los lectores y la crítica, como la recientemente fallecida Ursula K. LeGuin, con sus novelas del ciclo Ekumen y la trilogía Anales de la costa occidental, así como Anne McCaffrey —que también descanse en paz—, con su saga Los jinetes de dragones de Pern. Muchas de estas escritoras emplearon la ciencia ficción como un medio para reflexionar en las cuestiones de género e identidad.

Por cierto, resulta pertinente mencionar que, comparativamente, son pocas las escritoras que han participado en el movimiento de ciencia ficción conocido como Cyberpunk, que emergió a mediados de los 80’s, con la notable excepción de Pat Cadigan, quien en sus novelas aborda la relación entre la mente y la tecnología. Este desbalance tal vez no debería de sorprender, en vista de la fascinación del Cyberpunk con el hardware y las formas del cine noir, con su masculino héroe solitario, como hemos podido apreciar en las recientes adaptaciones de Netflix, salvo el caso de Altered Carbon (de Richard K. Morgan) y el importante rol concedido a nuestra paisana, Martha Higareda.

La ciencia ficción feminista, como la que acabamos de describir, fue una de las inspiraciones para el polémico documento de la filósofa de la ciencia, Donna Haraway, «Manifiesto para cyborgs», publicado por primera vez en 1985, el cual intentaba presentar maneras positivas al feminismo para lidiar con el entorno tecnológico. Se trata de un intento de presentar un análisis socialista–feminista de la situación de las mujeres en las condiciones de tecnología avanzada de la vida post–moderna en los países desarrollados. Haraway encuentra que las herramientas estándar para dicho análisis, marxismo, psicoanálisis y feminismo, resultaban problemáticas, tal y como se hallaban en el momento en que ella las abordó, ya que cada una se sustentaba en estructuras limitantes, incapaces de brindarle ayuda, por ejemplo, el trabajo como la fuente de la subjetividad, el centralismo de la familia o la idea de la mujer como una categoría esencial y trans–histórica.

En lugar de ello, Haraway halló un modelo alternativo para la identidad femenina en la figura del cyborg, apócope de cybernetic organism, organismo cibernético. Dicho término, originalmente acuñado por el ingeniero Manfred Clynes en 1960, para referirse a la imbricación hombre–máquina, se derivaba del trabajo, en el campo de la cibernética, de Norbert Wiener y otros científicos después de la Segunda Guerra Mundial. Al reconocer que tal superposición difumina la distinción entre humano y máquina, la noción del cyborg no sólo queda más allá de las cuestiones de individualidad y su totalidad, sino de los conceptos esencialmente humanistas de la mujer como portadora de la maternidad y la crianza de los hijos, lo que se halla en consonancia con el matrimonio heterosexual y la familia nuclear, lo cual se halla en consonancia con lo que planteamos en la pasada columna. De hecho, el cyborg complica las oposiciones binarias que

han sido todas sistémicas para las lógicas y las prácticas de dominación de las mujeres, de las gentes de color, de la naturaleza, de los trabajadores, de los animales, en unas palabras, la dominación de todos los que fueron constituidos como otros, cuya tarea es hacer de espejo del yo. Los más importantes de estos turbadores dualismos son: yo/otro, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, hombre/mujer, civilizado/primitivo, realidad/apariencia, todo/parte, agente/ recurso, constructor/construido, activo/pasivo, bien/mal, verdad/ilusión, total/parcial, Dios/hombre. El yo es Aquel que no puede ser dominado, que sabe que mediante el servicio del otro, es el otro quien controla el futuro, cosa que sabe a través de la experiencia de la dominación, que proporciona la autonomía del yo. Ser Uno es ser autónomo, ser poderoso, ser Dios; pero ser Uno es ser una ilusión y, por lo tanto, verse envuelto en una dialéctica de apocalipsis con el otro. Más aún, ser otro es ser múltiple, sin límites claros, deshilachado, insustancial. Uno es muy poco, pero dos son demasiados.

La cultura de la alta tecnología desafía esos dualismos de manera curiosa. No está claro quién hace y quién es hecho en la relación entre el humano y la máquina. No está claro qué es la mente y qué el cuerpo en máquinas que se adentran en prácticas codificadas. En tanto que nos conocemos a nosotras mismas en el discurso formal (por ejemplo, la biología) y en la vida diaria (por ejemplo, la economía casera en el circuito integrado), encontramos que somos cyborgs, híbridos, mosaicos, quimeras. Los organismos biológicos se han convertido en sistemas bióticos, en máquinas de comunicación como las otras. No existe separación ontológica, fundamental en nuestro conocimiento formal de máquina y organismo, de lo técnico y de lo orgánico. La copia exacta de Rachel en el filme Blade Runner de Ridley Scott es la imagen de un miedo, de un amor y de una confusión ante la cultura del cyborg.[iv]

Sin embargo, ante la realidad de un mundo cada vez más tecnologizado, podría decirse que el manifiesto de Haraway se queda corto en el aspecto de proposiciones prácticas para vivir en tal entorno. Sin embargo, la teoría del cyborg ha brindado un poderoso conjunto de herramientas para las mujeres y otros grupos humanos, en el sentido de lidiar positivamente con las nuevas tecnologías sin abandonar la promesa radical del feminismo.

La publicación del manifiesto como parte de la colección de ensayos de Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, a principios de los 90’s, coincidió con el surgimiento de una nueva ola de pensamiento y activismo feminista, la cual, después de un periodo moribundo en los 80’s, buscaba revigorizar la lucha de géneros. Una serie de eventos que implicaban agresiones a mujeres e intentos de violación, donde se involucraban prominentes políticos estadounidenses, como el sobrino de Edward Kennedy, William, provocaron un enojo que catalizó la creación de agrupaciones como la Coalición de Mujeres en Acción, Women’s Action Coalition o WAC, que desarrollaron sofisticados medios de comunicación usando las TIC.

Aparte de dicho ejemplo de un uso práctico, el feminismo de tercera ola no se sumó, en primera instancia, al uso activo de las nuevas tecnologías. Pero elementos de esta tercera ola hicieron resaltar cuestiones sobre la comunidad y la identidad en formas que coincidían con las ideas sobre los cyborg de Haraway, así como con las posibilidades latentes de la comunicación a través de redes electrónicas. La idea de la identidad y el género como construcciones fue importante para el pensamiento post–modernista, lo mismo que la Teoría «Queer»[v] y la corriente liberal dentro del feminismo.

NOTAS DE REFERENCIA:

[i] Sherry Turkle, El segundo yo: las computadoras y el espíritu humano, Ediciones Galápago, Buenos Aires, 1984.

[ii] Constance Penley, Elisabeth Lyon y Lynne Spigel (eds.), Close Encounters: Film, Feminism and Science Fiction, Minneapolis and St. Paul, University Of Minnesota Press, 1991.

[iii] Constance Penley y Andrew Ross, Technoculture, Minneapolis and St. Paul, University Of Minnesota Press, 1991.

[iv] Donna Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres, Madrid, Cátedra, 1995, p. 304–305.

[v] «En respuesta a la marginación que está presente en todas las instituciones sociales, desde la familia hasta los espacios educativos y los laborales, la Teoría Queer intenta cambiar el sentido de la injuria para convertirla en un motivo de estudio, e incluso de orgullo. Así, ser diferente se toma como una categoría de análisis para denunciar los abusos que se presentan desde la misma ciencia, ya que los textos científicos han sido por lo general elaborados por personas de género masculino, de raza blanca, de preferencia heterosexual, de clase media y de religión cristiana, dejándose invisibles a otros colectivos como las mujeres, los negros, los indígenas, los homosexuales, los transexuales, los pobres, los musulmanes, los panteístas, y un largo etcétera. Es por ello que la Teoría Queer intenta dar voz a estas identidades que han sido acalladas por el androcentrismo, la homofobia, el racismo y el clasismo de la ciencia», Carlos Fonseca Hernández y María Luisa Quintero Soto, La Teoría Queer: la de-construcción de las sexualidades periféricas, http://www.revistasociologica.com.mx/pdf/6903.pdf

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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