Axis Mundi: Tecnología y política (I)


En nuestra época ya no es una sorpresa que los sistemas técnicos de varios tipos se hallen profundamente entrelazados dentro de las condiciones de la política contemporánea. Las disposiciones materiales de la producción industrial, la guerra, las comunicaciones, entre otros ámbitos, han modificado, fundamentalmente, el ejercicio del poder y la experiencia de la ciudadanía. Empero, el ir más allá de esta verdad de Perogrullo y argumentar que ciertas tecnologías en sí mismas poseen características políticas parece, a simple vista, algo completamente erróneo.

Se supone que son las personas las que tienen políticas, no las cosas. Descubrir ya sea virtudes o maldades en piezas de acero, plástico, transistores, circuitos integrados y compuestos químicos se ve como algo de plano equivocado, una especie de artificio humano desconcertante que evita las verdaderas causas, causas humanas, de la libertad y la opresión, de la justicia y la injusticia. Culpar a las cosas se percibe incluso más desatinado que culpar a las víctimas cuando se trata de juzgar las condiciones de la vida pública.

De ahí el severo consejo que comúnmente se les brinda a aquellos que coquetean con la noción de que los artefactos técnicos poseen cualidades políticas: lo que importa no es la tecnología en sí misma, sino el sistema social o económico en el cual se encuentra incrustada. Dicha máxima, misma que, con ciertas variaciones, es la premisa central de una teoría que podría llamarse «la determinación social de la tecnología», tiene una cierta sabiduría que se nota de inmediato, ya que sirve como un correctivo necesario para quienes se enfocan acríticamente en cosas tales como «la computadora y su impacto social», pero que no miran más allá de las cosas técnicas para percatarse de las circunstancias sociales de su desarrollo, su implementación y empleo.

Dicha perspectiva proporciona un antídoto contra el determinismo tecnológico: la idea de que la tecnología aparece como el único resultado de una dinámica interna y, entonces, sin verse mediada por cualquier otra influencia, moldea la sociedad para acomodar sus patrones. Aquellos que no han reconocido las maneras en las cuales las tecnologías son conformadas por las fuerzas sociales y económicas no pueden llegar muy lejos. Pero el citado correctivo tiene sus desventajas, tomado literalmente sugiere que las cosas técnicas carecen de toda importancia. Una vez que se ha hecho el trabajo detectivesco necesario para revelar los orígenes sociales —figuras de poder detrás de una posición en particular respecto al cambio tecnológico— se ha explicado todo aquello que posee alguna importancia. Esta conclusión ofrece cierto confort a los científicos sociales, ya que valida lo que ellos siempre han sospechado, esto es, que no existe nada que distinga al estudio de la tecnología en primer lugar. De ahí que ellos puedan retornar a sus modelos estandarizados de poder social, aquellos que se refieren a los intereses de grupos políticos, la actuación de las burocracias, los modelos marxistas de la lucha de clases y todo lo demás que sea necesario.

La determinación social de la tecnología resulta, desde este punto de vista, esencialmente no tan diferente de la determinación social de las políticas fiscales o de salud, por citar un ejemplo. Sin embargo, en el largo trecho que hemos recorrido como especie desde las últimas décadas del siglo pasado, resulta obvio que existen buenas razones por las cuales la tecnología ejerce una especial fascinación sobre historiadores, filósofos y científicos políticos, buenas razones que los modelos estandarizados de las ciencias sociales solo pueden proporcionar un conteo, en cuanto a lo más interesante y problemático que posee el tema que nos ocupa.

La teoría de las políticas en tecnología llama la atención sobre el impulso a los sistemas socio–técnicos a gran escala, la respuesta de las sociedades modernas a ciertos imperativos tecnológicos y las señales comunes de adaptación de las metas humanas a los medios técnicos. De este modo, tal teoría ofrece un marco de referencia novedoso para la interpretación y explicación para algunos de los más enigmáticos patrones que toman forma dentro y alrededor del crecimiento de la cultura material contemporánea.

Una fortaleza de este punto de vista es que toma en serio a los artefactos técnicos; en lugar de insistir que debemos reducir de inmediato todo a la interacción de fuerzas sociales, el enfoque en cuestión sugiere que debemos prestar atención a las características de los objetos técnicos y al significado de éstas. Se trata de un complemento necesario para las teorías de la determinación social de la tecnología, en lugar de su reemplazo; esta perspectiva identifica ciertas tecnologías como un fenómeno político por derecho propio, por ejemplo, podemos referirnos a la manera en que una invención, diseño o implementación de un dispositivo o sistema técnico en específico se convierte en un medio para solucionar un problema en una comunidad en particular. Vistos desde la óptica adecuada, ejemplos de este tipo resultan bastante sencillos de comprender.

En segunda instancia tenemos los casos que pueden ser llamados, inherentemente, como parte de las tecnologías políticas, sistemas hechos por el ser humano que requieren, o resultan fuertemente compatibles, con ciertos tipos de relaciones políticas; argumentos en este sentido resultan más problemáticos y acercan al meollo del asunto. Por «políticas» entendemos los acuerdos de poder y autoridad en las asociaciones humanas, así como las actividades que tienen lugar dentro de tales acuerdos. Por otra parte, «tecnología» se refiere a todo artificio práctico contemporáneo, aunque, de manera más específica, se trata de piezas y/o sistemas tecnológicos, grandes y pequeños, de un tipo en específico.

Ninguno de los argumentos y ejemplos considerados hasta aquí agrega una afirmación más fuerte y problemática que la creencia que algunas tecnologías, en virtud de su propia naturaleza, resultan políticas de un modo específico. De acuerdo a dicha perspectiva, la adopción de un sistema técnico dado inevitablemente trae consigo condiciones para las relaciones humanas que poseen un rasgo distintivamente político, por ejemplo, centralizado o descentralizado; igualitario o inequitativo; represivo o libertario, que es lo que se halla en juego en ciertas afirmaciones, como las de Lewis Mumford,[i] de que coexisten dos tradiciones de tecnología, una al lado de la otra, en la historia occidental: una autoritaria y otra democrática.

Tenemos tecnologías que resultan relativamente flexibles en su diseño y desarrollo, así como variables en sus efectos, tomemos el caso de los motores de combustión y su aplicación vehicular, que con el tiempo modificaron la tecnología para la implementación de caminos y puentes, de una forma tal que, con una multitud de variantes, ahora se aplica, relativamente, en todo el mundo.

Aunque se puede reconocer un resultado particular producido en un escenario específico —el Golden Gate no podría haber sido edificado en una pequeña nación desértica, donde no sería nada práctico, sólo un desperdicio de recursos—, podemos imaginar fácilmente cómo un dispositivo o sistema similares podrían haber sido construidos o situados causando consecuencias políticas muy diferentes.

La idea que ahora quisiéramos señalar es que ciertos tipos de tecnología no permiten tal flexibilidad, y que al elegirlos estamos seleccionando una forma particular de vida política. Un argumento muy poderoso en este sentido aparece en el ensayo de Engels De la autoridad, escrito en 1872. Respondiendo a los anarquistas, quienes creían que la autoridad es un mal que debe ser abolido, Engels lanza un panegírico sobre el autoritarismo, sosteniendo, entre otras cosas, que una autoridad fuerte es una condición necesaria dentro de la industria moderna.

Para reforzar su postura de una mejor manera, el autor les solicita a sus lectores que se imaginen que la revolución ya ha ocurrido:

Supongamos que una revolución social hubiera derrocado a los capitalistas, cuya autoridad dirige hoy la producción y la circulación de la riqueza. Supongamos, para colocarnos por entero en el punto de vista de los antiautoritarios, que la tierra y los instrumentos de trabajo se hubieran convertido en propiedad colectiva de los obreros que los emplean. ¿Habría desaparecido la autoridad, o no habría hecho más que cambiar de forma?[ii]

Su respuesta delinea lecciones sobre tres sistemas socio–técnicos de su época: molinos de algodón hilado, ferrocarriles y buques marítimos. Engels observa que, en el proceso de convertirse en hilo terminado, el algodón se desplaza a través de un diferente número de operaciones en diversos sitios dentro de la fábrica. Los trabajadores desempeñan una amplia variedad de tareas, desde mantener en funcionamiento la máquina de vapor hasta trasladar los productos de un lugar a otro. Debido a que tales tareas deben estar coordinadas, y porque el ritmo del trabajo está «señalado por la autoridad del vapor»[iii], los obreros deben aprender a aceptar una rígida disciplina.

De acuerdo a Engels, los obreros deben laborar en horas regulares y estar de acuerdo en subordinar sus voluntades individuales a las personas a cargo de la operación de las fábricas. Si los trabajadores fracasan en logar todo ello, se arriesgan a provocar la terrible posibilidad de que la producción se detenga por completo. Engels no lanza más golpes: «El mecanismo automático de una gran fábrica es mucho más tiránico que lo han sido nunca los pequeños capitalistas que emplean obreros».[iv]

Engels aporta lecciones similares en su análisis de las condiciones operativas necesarias para los ferrocarriles y los buques marítimos, ambos requieren la subordinación de los trabajadores a una «autoridad imperiosa» que se encarga de que las cosas funcionen de acuerdo a lo planeado. Engels descubre que, lejos de ser una idiosincrasia de la organización social capitalista, las relaciones de autoridad y subordinación surgen «independientemente de toda organización social, [y] se nos imponen con las condiciones materiales en las que producimos y hacemos circular los productos».[v]

De nueva cuenta, Engels trata de lanzar un severo consejo a los anarquistas quienes, de acuerdo al autor, piensan que es posible simplemente erradicar la subordinación de un sólo golpe, por lo que todos esos planes son cosas sin sentido. Las raíces del autoritarismo inevitable, de acuerdo con Engels, se hallan profundamente implantadas dentro de la participación humana con la ciencia y tecnología: «Si el hombre, con la ciencia y el genio inventivo, somete a las fuerzas de la naturaleza, éstas se vengan de él sometiéndolo, mientras las emplea, a un verdadero despotismo, independientemente de toda organización social».[vi]

Los intentos de justificar una fuerte autoridad sobre la base de unas supuestas y necesarias condiciones de prácticas técnicas poseen una vasta historia. Uno de los temas principales en la República es la búsqueda de Platón para tomar prestada la autoridad del «arte» (tecné) y emplearla por analogía para sustentar su argumento a favor de la autoridad del Estado. Entre los ejemplos que el sabio griego elige para ilustrar su punto, al igual que Engels, se encuentra la de un barco en alta mar.

Debido a que los grandes navíos, en virtud de su propia naturaleza, necesitan ser gobernados con una mano firme, los marineros deben plegarse a los mandatos de su capitán, ninguna persona razonable cree que los barcos deban ser dirigidos democráticamente; Platón considera que gobernar un Estado es como ser el capitán de un barco o un médico que practica la medicina.

—Y el piloto, hablo del verdadero piloto, ¿es marinero ó jefe de los marineros?

—Es su jefe.

—Poco importa que esté como ellos en la misma nave; no por esto es marinero, porque no es piloto por ir embarcado, sino a causa de su arte y de la autoridad que tiene sobre los marineros.

—Es cierto.

—¿No tienen ambos un interés, que les es propio?

—Sí.

—Y el objeto de su arte, ¿no es el buscar y el procurarse este interés?

—Sin duda.[vii]

 

Notas de referencia:

[i] «Mi tesis, para decirlo sin rodeos, es que desde el Neolítico tardío en el Cercano Oriente, hasta llegar a nuestros días, dos tecnologías han existido de forma recurrente, lado a lado: una autoritaria y otra democrática; la primera centrada en el sistema, inmensamente poderosa, pero inherentemente inestable; la otra centrada en el ser humano, relativamente débil, pero ingeniosa y duradera», Lewis Mumford, Authoritarian and Democratic Technics, http://www.primitivism.com/mumford.htm

[ii] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/1873auto.htm

[iii] Ídem.

[iv] Ídem.

[v] Ídem.

[vi] Ídem.

[vii] Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 7, Madrid, 1872, p. 84, http://www.filosofia.org/cla/pla/img/azf07061.pdf

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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