Axis Mundi: El traficante de droga (II): El origen y las reglas


Aquel pueblo orgulloso, violento, tan bueno y desgraciado al mismo tiempo, siempre lejos de Dios y tan cerca de los pinches gringos.

Arturo Pérez-Reverte, La reina del sur

En los siglos XV y XVI, las grandes casas comerciales europeas —principalmente italianas— financiaron los viajes expedicionarios en busca de nuevas rutas comerciales. Nacía el colonialismo moderno. La primera división del mundo en metrópolis y dominios coloniales. Desde ese momento, el capitalismo occidental europeo se expandió a nivel mundial. Fue la primera «globalización», todavía incipiente. A fines del siglo XV y comienzos del XVI, a partir de los viajes de Colón y sus colegas, el mundo se empieza a unificar bajo la tutela y expansión de Occidente, que produce un aplastamiento brutal de las sociedades periféricas. Es «la carga del hombre blanco» que lleva sobre sus espaldas el deber de «civilizar» y evangelizar a los bárbaros (los pueblos colonizados).

América Latina, sojuzgada y conquistada, ingresa en «la civilización» occidental capitalista de la misma manera que África y Asia: como parte de la naturaleza a conquistar y evangelizar. La «humanidad» llegaba hasta donde llegaban los blancos, occidentales, propietarios y varones. Por ello, no resulta casual que los pueblos originarios americanos hayan sido comparados con los animales (es decir, como si pertenecieran a la naturaleza y no a la sociedad) por los conquistadores europeos. Exactamente lo mismo sucedió a los habitantes de África, que alimentaron la sed capitalista de riquezas como mano de obra esclava.

Por tanto, desde que surge durante los años de formación del capitalismo moderno, y global, en los siglos XV, XVI y XVII, la distribución de drogas ha funcionado, históricamente, para consolidar el estatus hegemónico de los blancos capitalistas masculinos, marginalizando a los «otros» raciales/étnicos, por ejemplo, a los traficantes de origen hispanoamericano y afromericano. En tal sentido, respecto a la figura del traficante de drogas, las obras que se refieren a éste tienden a conferir a la economía capitalista «legítima» los significados que muchos de sus simpatizantes consideran no se logran de otra manera, al enfatizar la incapacidad de que el narcotráfico brinde, a quienes lo practican, las masculinidades auto–realizadas que éstos intentan conseguir.

Los académicos han escrito, de manera extensa y en varias formas, que las ideas sobre las drogas son producidas y perpetuadas a través de conjuntos particulares de discursos concernientes al uso de dichas sustancias, la adicción, prohibición y distribución. Los historiadores de las drogas han explorado numerosas vertientes en las cuales tales discursos han sido dispuestos para crear y establecer distribuciones inequitativas del poder social, económico e incluso global.

Tomemos, como ejemplo, el «discurso oficial»: a partir de la administración de Richard Nixon, cuya presidencia inició en 1969 y concluyó en 1974, comenzó la «guerra contra las drogas», en la cual se encuentra involucrado no sólo Estados Unidos, sino también nuestros países hispanoamericanos y una buena parte del resto de las naciones del mundo, con un costo financiero y en vidas humanas que alcanza niveles aberrantes. Por citar el caso de México, en más de una década de guerra abierta contra los cárteles (2006–2018) se han registrado aproximadamente 200 mil muertes relacionadas con dicho conflicto y 32 mil desparecidos, sin contar la catástrofe humanitaria de los desplazados, las familias destrozadas, una economía al borde del colapso y el riesgo (cada vez más cercano, como se puede apreciar en las series de Netflix, como El Chapo) de un Narco-Estado.[i]

Por ende, los involucrados en estudios culturales han señalado las formas en las que ideas intensamente matizadas de género, grupo racial, clase social y nacionalismo, que circulan alrededor de las drogas, son reflejadas en la literatura, el cine y/u otros medios, como los videojuegos (Grand Theft Auto, Narcs). Por su parte, los etnógrafos han escrito sobre los usuarios de drogas, los adictos y, particularmente en las últimas dos décadas, han examinado el funcionamiento interno de las organizaciones del tráfico de drogas y las vidas privadas de quienes operan dentro de éstas.

De modo más específico, los científicos sociales y los antropólogos han comenzado a reconocer similitudes entre las estructuras y las operaciones de las organizaciones dedicadas al tráfico de drogas, y las prácticas de las empresas capitalistas legales o «legítimas». Por ejemplo, en su estudio de la distribución de drogas al menudeo en la Gran Bretaña, el criminólogo Geoffrey Pearson y el sociólogo Dick Hobbs señalan las complejas jerarquías operativas a través de las cuales se estructuran las organizaciones del tráfico de drogas, describiéndolas en términos similares a los que se podrían emplear para describir organizaciones de negocios lícitos.[ii]

Por su parte, la socióloga Patricia Adler se refiere a sus informantes del tráfico de drogas como «empresarios americanos».[iii] Philipe Bourgois afirma que uno de sus objetivos más sutiles al escribir In Search of Respect: Selling Crack in El Barrio (En búsqueda de respeto: vendiendo crack en El Barrio) fue «colocar a los traficantes de droga y los criminales callejeros en su posición legítima dentro de la estructura de la sociedad de EU».[iv] Bourgois les recuerda a los lectores que los traficantes de droga «no son ‘otros exóticos’ operando en un inframundo irracional», en vez de ello, según señala, éstos «altamente motivados, ambiciosos» empresarios clandestinos «han sido atraídos a la economía multi–billonaria, en rápida expansión, de las drogas… precisamente porque ellos creen en la versión de Horatio Alger del Sueño Americano», como lo podemos ver en el icónico artículo de Forbes, que colocó al Chapo Guzmán dentro de los ‘líderes’ de ‘negocios’ más ricos del mundo.[v]

Resumiendo, los estudios etnográficos se han enfocado en las formas en las cuales los traficantes de droga reales se conciben a sí mismos, en cómo estas concepciones influyen en sus acciones y cómo usan sus posiciones dentro de las redes económicas ilícitas para competir por la legitimidad capitalista y la autoafirmación masculina, misma que ellos consideran que no puede obtenerse dentro de las ocupaciones legales.

En este último sentido, resulta más que pertinente la obra CeroCeroCero, de Roberto Saviano, célebre escritor italiano que desenmascaró el siniestro funcionamiento de la mafia napolitana, la Camorra, aunque ello le valió la condena a muerte de parte de dicha organización criminal. En el texto mencionado, Saviano nos revela el panorama abrumador del tráfico y consumo de cocaína en el mundo de hoy, planteando, desde el inicio, que esta droga se ha convertido en un auténtico «combustible» que mantiene en funcionamiento a la civilización actual.

En uno de los apartados de dicho libro, el autor nos narra, con lujo de detalles, a través de lo que le relata un policía, a quien le ha pasado tal información un soplón, qué es lo que piensan (mejor dicho, lo que deben de pensar) aquéllos que se dedican al tráfico de drogas, algo que resulta terriblemente doloroso para nuestro país, y nuestro estado, en virtud del entorno tan infernal que hemos estado padeciendo:

«Se trata de saber quién quieres ser. Si atracas, disparas, violas, traficas, ganarás durante un tiempo, luego te cogerán y te machacarán. Puedes hacerlo. Sí, puedes hacerlo. Pero no por mucho tiempo, porque no sabes qué puede pasarte, las personas sólo te temerán si les metes la pistola en la boca. Pero, ¿y en cuanto te des la vuelta? ¿En cuanto un atraco salga mal? Si eres de la organización, sabes, en cambio, que cada cosa tiene una regla. Si quieres ganar, hay maneras de hacerlo, si quieres matar, hay motivos y métodos, si quieres abrirte paso, puedes, pero tienes que ganarte el respeto, la confianza y hacerte indispensable. Hay reglas incluso si quieres cambiar las reglas. Cualquier cosa que hagas al margen de las reglas no puedes saber cómo acabará. Cualquier cosa que hagas que siga las reglas de honor, en cambio, sabes exactamente adónde te llevará. Y sabes exactamente cuáles serán las reacciones de los que te rodean. Si queréis ser hombres normales y corrientes, seguid igual. Si queréis convertiros en hombres de honor, debéis tener reglas. Y la diferencia entre un hombre normal y corriente y un hombre de honor es que el hombre de honor siempre sabe lo que pasa, y al hombre normal y corriente le da por culo el azar, la mala suerte, la estupidez. Le pasan cosas. En cambio, el hombre de honor sabe que esas cosas pasan y prevé cuándo. Sabes exactamente lo que te incumbe y lo que no, sabrás exactamente hasta dónde podrás llegar incluso si quieres llegar más allá de toda regla. […] La cocaína es esto: all you can see, you can have it. Sin cocaína no eres nadie. Con la cocaína puedes ser como quieras. Si esnifas cocaína te jodes con tus propias manos. Si no estás en la organización, nada del mundo existe. La organización te da las reglas para subir en el mundo. Te da las reglas para matar y te da también las que te dicen cómo te matarán. ¿Quieres llevar una vida normal? ¿Quieres no contar para nada? Puedes. Basta con no ver, con no oír. Pero recordad una cosa: en México, donde puedes hacer lo que quieras, drogarte, follarte a niñas, subirte a un coche y correr tan rápido como te apetezca, sólo manda de verdad quien tiene reglas. Si hacéis pendejadas, no tenéis honor, y si no tenéis honor, no tenéis poder. Sois como todos».[vi]

 

Notas de referencia:

[i] http://amnistia.org.mx

[ii] Geoffrey Pearson y Dick Hobbs, Middle Market Drug Distribution, London, Home Research Office, 2001, p. V.

[iii] Patricia Adler, Wheeling and Dealing: An Ethnography of an Upper-Level Drug Dealing and Smuggling Community, 2nd edition, New York, Columbia University Press, 1993, p. VI.

[iv] Philippe Bourgois, In Search of Respect: Selling Crack in El Barrio, 2nd edition, New York, Columbia University Press, 2003, p. 326.

[v] Ibid; https://www.forbes.com/profile/joaquin-guzman-loera/#7dcc47536778.

[vi] Roberto Saviano, CeroCeroCero, Barcelona, Anagrama, 2014, pp. 23–24.

 

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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