Axis Mundi: el triunfo de ‘La Penúltima Verdad’


Por una u otra causa, a partir del siglo pasado comenzamos a vivir, más que en la «dictadura del proletariado», como pretendían los idealistas soviéticos de las primeras décadas del siglo XX, en la «dictadura de la imagen», con lo que se fue creando una trinidad un tanto siniestra: conocimiento-poder-imagen, que ha llegado a su paroxismo con el reciente escándalo de Cambridge Analytica y su «cosecha» de más 50 millones de usuarios estadounidenses de Facebook, con el fin de orientar su voto en contra de Hillary Clinton y a favor de la Bestia Trump, a través de lo que ya se ha convertido en el neologismo más citado recientemente, fake news. Curiosamente, el genial escritor estadounidense Philip K. Dick (1928-1982) ya había anticipado el rumbo que tomaría nuestra civilización,[i] esclavizada por los avances científico-tecnológicos de occidente.

En La penúltima verdad (The Penultimate Truth, 1964), K. Dick nos presenta a una sociedad humana que se halla recluida en refugios subterráneos, ya que se le ha hecho creer, con noticias e imágenes en directo, que la Tercera Guerra Mundial continuaba en la superficie, la cual, en virtud de ello, había dejado de ser habitable; por tanto, la población bajo tierra trabajaba sin descanso creando robots de combate, las únicas armas que podían seguir luchando en un planeta devastado. Sin embargo, lo anterior sólo era una pantalla: la superficie terrestre no se había tornado inhóspita, sino que ahora era habitada por una élite formada por los dirigentes de las naciones que antes se hallaban en pugna, misma que mantenía sus privilegios gracias al trabajo realizado por los robots creados por los obreros de las factorías subterráneas.

—Buenas noches.

Aquello era un mero formulismo, pues no había receptor que captase aquellas palabras y las enviase a la superficie; las líneas sólo transmitían desde la superficie hacia abajo.

—Boletín informativo —siguió diciendo la voz del locutor. Apareció una foto fija en la pantalla: mostraba unos edificios captados en plena desintegración. Acto seguido, la cinta de video se puso en marcha y los edificios, con rugido semejante a un odioso redoble de tambores distantes y extraños, se desmoronaron hechos polvo; su lugar fue ocupado por una humareda y, semejantes a un ejército de hormigas, innumerables robots salieron de Detroit, corriendo en todas direcciones, como si huyeran del interior de un tarro volcado. Pero unas fuerzas invisibles los iban aniquilando sistemáticamente.[ii]

Uno de los primeros artistas de la imagen que, desde nuestro punto de vista, retomó la idea de K. Dick y la aplicó con éxito a otro contexto fue el cineasta serbio Emir Kusturica, cuyo filme Underground (1995) muestra, en una de sus logradas secuencias, cómo uno de los protagonistas, Marko Dren, mantiene en un sótano a su mejor amigo, Petar Popara, y a toda su familia durante varias décadas, haciéndoles creer que la Segunda Guerra Mundial aún continúa, por lo que deben producir armas para la defensa de Yugoslavia, armas que, en realidad, le permiten a Marko darse la gran vida junto con su amante, Natalija, antigua novia de Petar, quien logra escapar del cautiverio, sólo para encontrarse con que la Yugoslavia «real» se halla a punto de desintegrarse, en la terrible guerra civil de mediados de los 90 que pudimos presenciar no sólo a través de las imágenes de TV, sino también en las canciones de U2 y Luciano Pavarotti, como Miss Sarajevo, o en aquella novela de Arturo Pérez Reverte, Territorio Comanche (1994), que fuera llevada al cine en 1996 por Gerardo Guerrero.

Alguna vez, Kusturica comentó que cuando la OTAN, ya sin ningún problema «ético» para actuar, como no lo hizo durante las operaciones de limpieza étnica de un lustro atrás, intervino en la Crisis de Kosovo, en 1999, atacando lo que quedaba de la antigua Yugoslavia, a él y a varios de sus conocidos les tocó permanecer algunas semanas resguardados en un refugio antiaéreo de Belgrado. Todo ese tiempo estuvieron privados de señal de radio o TV, por lo que sólo podían enterarse de lo que acontecía en la superficie por lo que les contaban aquellos que se aventuraban a salir, desafiando las bombas y misiles «inteligentes», de acuerdo con la cobertura noticiosa de CNN, sin saber si lo que les relataban era «real» o una mera invención. Fue entonces que el cineasta se dio cuenta que la tortilla había dado una vuelta, y ahora el director estaba viviendo dentro de su propia creación, en una secuencia de su filme Underground.

Como decía un artículo de The New Yorker al iniciar este 2018, «Ésta no es la distopía que nos prometieron».[iii] No estamos aprendiendo a amar al Gran Hermano de George Orwell, quien vive, si es que lo hace, en un grupo de granjas de servidores, enfriadas por tecnologías respetuosas con el medio ambiente. Tampoco hemos sido adormecidos por el Soma y la programación subliminal de nuestro cerebro en una nebulosa aquiescencia a las jerarquías sociales omnipresentes, como en la obra maestra de Aldous Huxley, Un Mundo Feliz. Estamos viviendo, como tantas veces ha quedado de manifiesto en la última década, dentro de una novela de Philip K. Dick, situación que este genio pronosticó, con todo detalle, en su monumental obra póstuma, Exegesis (2011).

En sus novelas, K. Dick estaba interesado en ver cómo reacciona la gente cuando su realidad comienza a desmoronarse. Un mundo en el que lo real se confunde con lo falso, de modo que nadie sepa dónde termina uno y dónde comienza el otro, está maduro para la paranoia. La consecuencia más tóxica de la manipulación de las redes sociales, ya sea por parte del gobierno ruso, estadounidense o de otros (como puede ser el mexicano, en las próximas elecciones), puede no tener nada que ver con su éxito como propaganda. En cambio, lo que siembra es una desconfianza existencial. La gente simplemente ya no sabe qué o a quién creer. Los rumores difundidos por Twitterbots o Trolls de Facebook se funden con otros rumores sobre la ubicuidad de los Twitterbots o Trolls, y respecto a que si ésta o aquella tendencia es impulsada por algoritmos malignos en lugar de seres humanos reales.

Y en vista que, al parecer, ya no queda una Utopía hacia la cual podamos escapar, como demuestra el ejemplo de Emir Kusturica, tal vez sólo nos queda trabajar de una manera más consciente con la materia prima un tanto deformada que se nos ha legado, para contrarrestar esas «penúltimas verdades» que nos han conducido al escenario planteado por Philip K. Dick: el de construir robots que satisfacen todas las necesidades de las élites, robots que somos nosotros mismos.

NOTAS DE REFERENCIA:

[i] Incluyendo el giro hacia el fascismo en Estados Unidos, en su novela El hombre en el castillo (The Man in the High Castle, 1962), misma que ha sido adaptada en una excelente serie de TV, por Ridley Scott, para Amazon Studios.

[ii] Philip K. Dick, La penúltima verdad, Barcelona, Martínez Roca, 1976, p. 12.

[iii] http://bostonreview.net/literature-culture/henry-farrell-philip-k-dick-and-fake-humans

Carlos Hinojosa*

Escritor y docente zacatecano

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