Axis Mundi: El pensamiento mestizo en el primer ‘Blade Runner’ (1982)


El pensamiento mestizo, la propuesta de Serge Gruzinski,[i] nos plantea una inteligente y novedosa manera de abordar las causas que han dado origen a los fenómenos culturales propios de nuestra época, en los cuales podemos encontrar influencias procedentes de varias partes del mundo dentro de manifestaciones artísticas tales como la música y el cine. Para el citado investigador, lo anterior surge de factores que los seres humanos hemos ido situando en contacto a partir de circunstancias como la colonización y la globalización. Resulta pertinente anotar que Gruzinski deja en claro que esta última no es algo propio de nuestros días, como se maneja comúnmente en los medios masivos o en las preconcepciones de la mayoría de las personas, sino que la globalización inicia, en realidad, a partir de los viajes de descubrimiento, exploración y conquista del imperio español, durante el siglo XVI.

De esta forma, Gruzinski, a partir de las andanzas de Aby Warburg, uno de los fundadores de la historia del arte, en Nuevo México, donde buscaba enfrentarse a la «América salvaje» de las tribus estadounidenses, apunta hacia el vínculo existente entre la «cultura primitiva» de los indios y la civilización del Renacimiento, merced al esfuerzo sobrehumano de los evangelizadores novohispanos, quienes, partiendo de lugares como el Convento de Propaganda Fide, situado en Guadalupe, Zacatecas, miles de kilómetros al sur de Nuevo México, instruyeron a los pobladores de esas zonas septentrionales en un arte y una fe de la que aún quedan grandes testimonios en el suroeste de Estados Unidos, tales como las visualizaciones amerindias de Jesús y Perseo. Así, los encuentros físicos y culturales de los conquistadores y los grupos étnicos americanos crearon una nueva cultura y un nuevo individuo: el mestizo, todo ello, ahora sí, dentro de un fenómeno que conocemos, desde fines del siglo pasado, como «globalización».

Al revelar los orígenes tempranos de la globalización, Gruzinski señala que después de 500 de entremezclamiento se ha producido un «pensamiento mestizo», un sistema de pensamiento entretejido que ahora todos poseemos, lo cual plantea cuestionamientos que aún resultan difíciles de dilucidar para algunos académicos, y que deberían de tomarse en cuenta desde una primera instancia, tales como «¿por qué alquimia se mezclan las culturas, en qué condiciones, en qué circunstancias, según qué modalidades, a qué ritmo?».

Consideramos, desde nuestra muy humilde opinión, que una posible respuesta a dichas inquietudes puede encontrarse en algunos relatos cinematográficos de ciencia ficción, donde ha sido posible especular con el conjunto de todos estos planteamientos, en virtud de tratar de presentar al espectador un panorama del ser humano y su sociedad en el futuro reciente y/o distante, tal como se podría prever desde las últimas décadas del siglo XX, donde, considerando el caso de Estados Unidos, tierra de «promisión» para emigrantes de todas partes del mundo, se pensaba que la mezcla de grupos humanos, el «melting pot», daría fruto a una civilización mestiza por antonomasia, pese a la resistencia de los grupos supremacistas blancos WASP (white anglo saxon protestant, blanco anglo-sajón protestante) que siempre han pugnado por una «pureza racial» que sólo existe en sus fábulas trasnochadas.

En dicho contexto hizo su arribo un filme de culto, al que ya nos hemos referido anteriormente, Blade Runner (1982), del británico Ridley Scott, una cinta que, ya de entrada, es un producto de lo que podríamos denominar, siguiendo a Gruzinski, como un mestizaje de géneros narrativos, ya que mezcla las películas de detectives y el cine negro de los 40’s del siglo XX, con la ciencia ficción del XXI. Se trata de una adaptación muy libre de la novela corta «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», de nuestro omnipresente Philip K. Dick.

Una de las características que ni siquiera los detractores tempranos de este filme pudieron opacar fue (y es) la calidad de su escenografía, ya que Blade Runner muestra uno de los ambientes más elaborados que haya sido creado para una película, mucho antes de la existencia (y abuso) de las imágenes generadas por computadora (CGI). Cada fotograma está pleno de detalles, aunque no muy agradables: se trata de la ciudad de Los Ángeles en 2019, cuyas calles lucen decadentes, corruptas, desoladas, con cientos de personas en vestimentas bizarras, punks, hare krishnas, policías, todos ellos a la sombra de luces de neón y anuncios procedentes de grandes aeronaves que prometen una vida mejor en los nuevos mundos colonizados.

Precisamente en este tópico de la colonización inicia el conflicto que se halla en la base de la trama, ya que para poder apoderarse y disponer de los planetas lejanos, una gran corporación tecnológica ha creado un tipo de robot orgánico mejor adaptado a las condiciones extraterrestres que los humanos, los replicantes. Sin embargo, un grupo de ellos se amotina y masacra a las personas encargadas de «manejarlos», por lo que su presencia en la Tierra se declara ilegal, en vista de ello, se crean unidades policiacas encargadas de identificarlos y eliminarlos en el acto, los Blade Runners. Deckard (Harrison Ford), el protagonista, es uno de ellos, quien se enamora de Rachel (Sean Young), una replicante tan perfecta que ni siquiera se ha dado cuenta de que es un ser artificial.

Ridley Scott aprovecha el relato para echar por tierra los lugares comunes de los géneros fílmicos que le sirven de base para construir su película. Deckard se considera rudo, insensible, pero comienza a entrar en conflictos consigo mismo debido a su labor, sobre todo después de acabar con dos replicantes femeninas, lo que echa en tierra el cliché del detective «caballeroso». De hecho, aquí reside lo que convierte a Blade Runner en una obra de arte: más allá de su majestuosa puesta en escena, lo interesante es la manera en que nos plantea las grandes y amargas preocupaciones morales, filosóficas y sociales de nuestra época, a través de las preguntas que desde tiempos inmemoriales nos han inquietado como especie: ¿quién soy yo?, ¿por qué estoy aquí?, ¿qué significa ser un humano?

Uno de los personajes más interesantes del filme, desde el punto de vista del pensamiento mestizo, es Gaff, interpretado por el actor latino Edward James Olmos, quien, para poder personificarlo, tuvo que negociar con el director, ya que en el guión original casi no aparecía. Olmos optó por enriquecer su caracterización, para hacerla más interesante al espectador. Lo primero que hizo fue dotarlo de una ascendencia japonesa-mexicana, con un gran dominio de los idiomas que creyó serían de uso común en Los Ángeles de 40 años en el futuro. En vista de ello, en el aspecto visual, el actor decidió agregar un bigote hispano, un corte de pelo a la punk y ojos de rasgos chinos de color azul. Cuando Gaff y Deckard se encuentran por primera vez, en un «bar de fideos», el primero le habla al Blade Runner en un lenguaje ininteligible, al que le denomina «Cityspeak», el habla citadina.

Para crear este lenguaje futurístico, Olmos retomó el modo de hablar de los jóvenes latinos del este de Los Ángeles, el cual tradujo al japonés, tarea en la cual le ayudó el tiempo que le tocó residir en Filipinas, donde los conductores de taxi solían mezclar sus dialectos con palabras en inglés. Después se dirigió a una escuela de lenguaje para aprender a pronunciar palabras en francés, chino y alemán, mismas que terminó por agregar a la mezcla, dando por resultado diálogos como éste: «Monsieur, ada–na kobishin angum bi–te (Señor, ha sido requerido para acompañarme)».[ii] De esta forma, Gaff se convierte en un ejemplo casi paradigmático de la mezcla de culturas en una región del mundo donde no podría ocurrir de otra manera, como lo demuestra el propio caso de Edward James Olmos, quien a su ascendencia mexico-norteamericana agrega la de contar con antepasados judíos, procedentes de Hungría.

De este modo, el filme nos permite retomar la propuesta de Serge Gruzinski, desde el punto de vista de abordar el fenómeno del mestizaje en términos procedentes de los efectos ocasionados por siglos de contacto y colonización, como las centurias que duró la evangelización del suroeste estadounidense, de la que el mismo nombre de la ciudad de Los Ángeles permanece como clara constancia, o el siglo y medio de las grandes oleadas de emigración europea, asiática y latinoamericana a las «tierras prometidas» de Estados Unidos, todo lo cual puede proyectarse, por medio de una especulación narrativa, hacia el futuro reciente, dando por resultado una más que interesante obra de arte como Blade Runner.

Por lo anterior, puede decirse que el fenómeno del mestizaje es mucho más que la mera mezcla e hibridación que suele caracterizarse como tal, ya que se trata de los efectos de dichos contactos tanto sobre las personas como los lugares. Estos efectos y sus legados son tanto institucionales como biológicos, estéticos y hasta ideológicos. Para ser capaz de percibirlos, se requiere de una lectura crítica y una comprensión de los estratos históricos, sociales y culturales, con el fin de lograr una mejor interpretación, misma que precisa de una mirada aún más profunda.

Por ello, percibir y comprender el pensamiento mestizo en los ámbitos que estudiamos, tanto en el pasado como el presente y el porvenir, al igual que en el mundo donde vivimos, debe revelar los reflejos de este titánico espejo enterrado, como lo denominó alguna vez Carlos Fuentes, reflejos que no se hallan fijos en el tiempo ni estáticos, sino que, al contrario, se encuentran plenos de vida gracias al cambio, los reacomodos, impregnados incluso de contradicciones, las cuales, al final, podrían brindarnos contrapuntos sobre las representaciones en las que nos hallamos sumergidos cotidianamente.

De hecho, todo esto nos señala cuán profundas son las capas que se forman entre lo que conocemos e ignoramos sobre nosotros mismos, entre lo que hemos experimentado como especie y lo que hemos imaginado en nuestras narraciones y expresiones artísticas. Tal vez aquí resida la base de lo que denominamos como «identidad», misma que, después de todo, no es una pieza de museo que reposa en una vitrina de cristal o un archivo documental, o una estatua dedicada a un prócer «que nos dio la Patria». En lugar de lo anterior, como bien lo ha definido Eduardo Galeano, la identidad se halla en la asombrosa síntesis de las contradicciones de la vida diaria. Comprender esto significa mantener alerta nuestros sentidos, tener los ojos bien abiertos, observando, escuchando y sintiendo la sorprendente paradoja que procede de la delicadeza y fortaleza del pensamiento mestizo que se encuentra a nuestro alrededor.

NOTAS DE REFERENCIA:

[i] Historiador francés, doctor en Historia, especializado en temas latinoamericanos, perteneciente a la historia de las mentalidades. Ha realizado estudios sobre la imagen mestiza y su ingreso a la modernidad en México.

[ii] http://storiesbywilliams.com/2011/08/15/cityspeak-blade-runner/

Carlos Hinojosa, escritor y docente zacatecano

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