Axis Mundi: Tecnología y política (II)


Podríamos decir que las mismas condiciones que requieren un mando centralizado y la actividad técnica organizada son las que originan la necesidad de un gobierno. En el argumento de Engels que presentamos la semana pasada, la justificación sobre la autoridad ya no se basa en la analogía clásica de Platón, sino en una referencia directa a la propia tecnología. Si el caso que toma como base es tan convincente como Engels cree que es, podríamos esperar que, a medida que la sociedad adopta sistemas técnicos cada vez más complicados como su base material, las posibilidades de un sistema de vida más autoritario serían cada vez más próximas, como muchas veces se ha manejado en las distopías literarias, de Ray Bradbury a Philip K. Dick (Fahrenheit 451, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía) o como lo han demostrado los casos de Julian Assange y Edward Snowden.

El extraordinario poder de los servicios secretos norteamericanos y su desprecio a cualquier soberanía, que hoy conocemos gracias a Assange y a Snowden, es el resultado de ese proceso [el de cómo por detrás de las declaraciones grandilocuentes sobre la bondad del modelo norteamericano y de su función de salvar al mundo, desde Washington se ha ido construyendo, en las últimas siete décadas, un imperio militar, de los servicios secretos y de las multinacionales norteamericanas, al servicio de la oligarquía que en realidad controla a los Estados Unidos]. La lucha contra el terrorismo islámico —que en buena medida es un resultado de la política exterior norteamericana misma— y el extraordinario desarrollo de las tecnologías informáticas y de las telecomunicaciones han multiplicado uno y otro desde 2011.[i]

Todo ello en vista de que un control central a cargo de gente con amplios conocimientos, en la cúspide de una rígida jerarquía social, se vería como la más prudente forma de gobierno, situación que, como muestra la historia, ha conducido a no pocos excesos y abusos de poder, como en la Unión Soviética o en el actual Estado ciber–fascista que ya se vislumbra en los Estados Unidos de América, donde quien controla la tecnología tiene el poder sobre la vida y la muerte no sólo de sus ciudadanos, sino del resto de los habitantes del planeta, ya no sólo con la amenaza de un ataque nuclear, como ocurrió durante la Guerra Fría, sino con el uso de las «armas inteligentes», como la campaña de asesinatos selectivos que EUA e Israel llevan a cabo en Medio Oriente, empleando aviones no tripulados (drones) que van adquiriendo tal sofisticación en sus sistemas de auto–control que, dentro de muy poco tiempo, ya no necesitaran de ser controlados remotamente, como ocurre en la actualidad.

Los militantes [islámicos] habían descubierto una de las debilidades de los aviones no tripulados, un problema creado por manejar los aviones vía satélite. Debido a que los pilotos de los aviones no tripulados estaban separados de sus aeronaves por miles de millas, lo que los pilotos veían en sus pantallas, en Estados Unidos, en ocasiones se hallaba varios segundos por detrás de lo que el avión no tripulado estaba observando. El problema, conocido como latencia, durante años hizo difícil para los oficiales de la CIA y el Pentágono averiguar hacia dónde apuntar el misil disparado desde el avión no tripulado, cosa que explica algunas de las víctimas civiles y los objetivos no alcanzados de las guerras de los drones.[ii]

Después de todo, ¿qué hace viable que la tecnología contemporánea sea posible o necesaria en la vida política? La tensión teórica que se percibe en dicha cuestión es un reflejo de los muchos problemas presentes en la práctica de la libertad y la autoridad después de la Revolución Industrial, a partir de la cual se empezaron a manejar múltiples argumentos sobre el efecto de las tecnologías, mismos que, en cierto sentido, resultan inherentemente políticos, de los cuales podemos enunciar un par de casos que resultan básicos.

En el primero de ellos se afirma que la adopción de un sistema técnico dado en realidad requiere la creación y mantenimiento de un conjunto particular de condiciones sociales que fungen como el ambiente operativo de dicho sistema, lo cual sería la posición de Engels, misma que nos recuerda esas consignas estadounidenses tan en boga durante la Guerra Fría: «If you accept nuclear power plants, you also accept a techno–scientific–industrial–military elite. Without these people in charge, you could not have nuclear power».[iii] Desde esta concepción, algunos tipos de tecnología requieren que sus ambientes sociales sean estructurados de un modo particular, de la misma forma en que un automóvil requiere llantas para desplazarse. La cosa no puede existir como una entidad operante efectiva hasta que no estén presentes ciertas condiciones sociales y materiales. De esta forma, Platón considera como una necesidad práctica que un barco en el mar posea un capitán y una tripulación obediente

La segunda postura sostiene que un dado tipo de tecnología resulta fuertemente compatible con relaciones políticas y sociales de un lineamiento en particular, aunque no las requiere en sentido estricto. Muchos de los defensores de la energía solar afirman que las energías de ese tipo («energías verdes») son más compatibles con una sociedad más democrática y equitativa que la de los sistemas basados en el carbón, el petróleo y la energía nuclear, todo ello sin hablar del calentamiento global, argumento que la política energética de Donald Trump nos ha dejado bastante claro, en virtud de su defensa a ultranza de los combustibles fósiles y su negación del cambio climático.

Desde tal óptica, el caso sería, técnicamente hablando, que es mucho más razonable construir sistemas de energía solar sobre una amplia distribución territorial que en grandes plantas centralizadas; desde el punto de vista político, la energía solar se amolda a los intentos individuales y de las comunidades locales de manejar sus propios asuntos, debido a que estarían lidiando con sistemas que resultan más accesibles, comprensibles y controlables que las enormes plantas centralizadas.

Así, la energía solar resulta adecuada no solo por sus beneficios económicos y ecológicos, sino también por las relaciones saludables que permitiría en otras áreas de la vida pública, lo cual, nos parece, es una de las razones por las que Trump y sus acólitos tratan de prohibir, por todos los medios posibles, el acceso de los estadounidenses a los paneles solares.

Regresando al tema, dentro de ambas versiones existe una distinción que debería hacerse entre las condiciones que son internas al funcionamiento de un sistema técnico dado, y aquellas que resultan externas a éste. La postura de Engels se refiere a las relaciones sociales internas que se precisan dentro de las fábricas de algodón y los ferrocarriles, por ejemplo; lo que tales relaciones significan para la condición de la sociedad como un todo representa una cuestión aparte.

En contraste, la creencia de quienes abogan por la energía solar, al considerar que las tecnologías solares son compatibles con la democracia, se refiere al modo en como ellos complementan aspectos de la sociedad fuera de la organización de tales tecnologías. Por ende, son varias las direcciones que este tipo de argumentos puede seguir: ¿resultan requeridas las condiciones sociales mencionadas, o al menos fuertemente compatibles, con el funcionamiento de un sistema técnico dado?, ¿son dichas condiciones internas o externas (o tal vez ambas) a ese sistema?

Los argumentos dentro de estas categorías han adquirido una presencia importante en el discurso político contemporáneo, al tiempo que han ingresado en varios intentos por explicar cómo los cambios en la vida social tienen lugar sobre la base de la innovación tecnológica. Más aún, tales argumentos se emplean con frecuencia para sustentar intentos por justificar o criticar cursos de acción propuestos relativos a las nuevas tecnologías.

Al ofrecer distintas razones políticas a favor o en contra de la adopción de una tecnología en particular, los argumentos de este tipo se hallan aparte de los comúnmente empleados, relativos a afirmaciones cuantificables sobre costos y beneficios económicos, ya que el meollo del asunto tiene que ver con las maneras en que las decisiones respecto a la tecnología poseen importantes consecuencias para la forma y calidad de las asociaciones humanas.

Si examinamos los patrones sociales que implican los ambientes de los sistemas técnicos, encontraremos que ciertos dispositivos y sistemas casi siempre se hallan vinculados a formas específicas de organizar el poder y la autoridad. La cuestión trascendente que resta plantear es si tal estado de cosas se deriva de una respuesta social inevitable hacia propiedades insuperables dentro de las cosas en sí mismas, o si se trata de un patrón impuesto de modo independiente por un conjunto gobernante, una clase dirigente u otra institución social y cultural, para promover sus propios fines.

Tomando el ejemplo más obvio, la bomba atómica es un artefacto substancialmente político. Mientras siga existiendo una sola de estas armas, sus propiedades letales hacen más que necesario el que tales dispositivos sean controlados por una cadena de mando centralizada y altamente jerárquica, cerrada a todo tipo de influencias que pudieran volver a sus acciones en algo impredecible. El sistema social relativo a la bomba atómica debe ser autoritario, no cabe duda.

A pesar de las reducciones de la post–Guerra Fría, unas 12,000 armas nucleares permanecen operativas («desplegadas»). Más del 90 por ciento de dichas armas se encuentra en los arsenales de Estados Unidos y Rusia. Se calcula que el total de armas tanto desplegadas como no desplegadas ronda las 27,000. La falta de precisión del número de estas armas (y de las reservas de material fisible) refleja el carácter fragmentario de la información publicada sobre los arsenales nucleares existentes. Esta transparencia limitada tiene muchas implicaciones, incluyendo las dificultades que crea a la hora de medir el progreso de los objetivos de desarme y de asegurar la responsabilidad […] Las amenazas que representan las armas nucleares existentes están relacionadas en primer lugar con los riesgos derivados del uso deliberado. Los altos representantes de Estados con armamento nuclear se han referido recientemente con una ambigüedad calculada meticulosamente a que, de hecho, están preparados para usar las armas nucleares. Podrían surgir más peligros como consecuencia de accidentes, errores de cálculo, fallos del Servicio de Inteligencia, robo o uso no autorizado. Puede que surjan más amenazas a causa de la transferencia ilícita o el robo de información confidencial sobre diseños. Que la Comisión sepa, nunca se han robado ni transferido armas nucleares de los arsenales de los Estados.[iv]

Ante un escenario como el descrito, la política de control se erige como una necesidad práctica, independientemente de cualquier gran sistema político en el que la bomba se encuentre incrustada, sin importar el tipo de régimen que sea ni el carácter de sus dirigentes. De hecho, los Estados democráticos deberían de intentar encontrar las maneras de asegurar que las estructuras sociales y la mentalidad que caracteriza el manejo de las armas nucleares no se desborde hacia la política como un todo. La bomba atómica es, por supuesto, un caso especial. Las razones de los vínculos de autoridad tan rígidos que son necesarios en su presencia inmediata deberían ser diáfanos para cualquiera.

La evidencia disponible tiende a mostrar que muchos de los grandes y sofisticados sistemas tecnológicos son, de hecho, altamente compatibles con un control de gestión centralizado y jerárquico. Lo interesante de la cuestión, sin embargo, tiene que ver si este patrón resulta, o no, en un requerimiento de tales sistemas, una pregunta que no cae solamente en el terreno de lo empírico. El meollo del asunto, a fin de cuentas, reside en nuestro discernimiento acerca de cuáles pasos, si existen algunos, son prácticamente necesarios en el funcionamiento de un tipo de tecnología en particular y cuál de tales medidas requiere de la estructura de las asociaciones humanas.

Notas de referencia

[i] Carlos Elordi, Edward Snowden y Julian Assange son los únicos buenos en la historia del espionaje informático, http://www.eldiario.es/miradaalmundo/Edward-Snowden-Julian-Assange-informatico_6_191490856.html

[ii] Mark Mazzetti, The Way of the Kinife, New York, Penguin Books, 2014, p. 307.

[iii] «Si se aceptan las plantas de energía nuclear, debe aceptarse la existencia de una élite tecno–científica–militar e industrial. Si esa gente no se encuentra en el poder, no puede existir la energía nuclear», Jerry Mander, Four Arguments for the Elimination of Television, http://www.eco-action.org/dt/elimtv.html

[iv] Varios autores, Las armas del terror, Barcelona, UNESCO, 2007, www.wmdcommision.org

 

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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